jueves, 18 de noviembre de 2010

Rodrigo Fresán: El fondo del cielo

La ciencia ficción ha tenido un cultivo más bien escaso en el mundo hispánico, sobre todo si la enfrentamos con los fecundos resultados producidos en otros ámbitos como en la literatura de habla inglesa. Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) ha planteado su última novela como una suerte de homenaje al género. El resultado es una marisma de fragmentos narrativos que se ofrecen al lector para que trate de reconstruir el cuadro si se ve capaz y se encuentra con fuerzas.
En la primera parte dos adolescentes judíos y neoyorkinos, Ezra e Isaac, se conocen gracias a su pasión por la ciencia ficción y comparten experiencias con otros muchachos de su edad. En cierta ocasión se enamoran de una misteriosa muchacha –Ella- que los fascina hasta tal punto que nunca llegarán a ser los mismos. Al llegar a la segunda parte, el hilo de la acción se quiebra y toman la palabra dos nuevos narradores que se alternan sucesivamente. De un lado, un soldado norteamericano enviado a Irak; de otro, un extraterrestre        que contempla el mundo de los humanos desde su planeta solitario, Urkh 24. Poco a poco, abriéndose paso entre la maleza de la novela, el lector va recomponiendo a duras penas las relaciones secretas entre las dos partes (por ejemplo, el planeta del extraterrestre ya se cita en la primera parte) y llegamos a la tercera y última sección, en donde toma la palabra la muchacha innominada en la historia de Isaac y Ezra: la “Chica Rara”, como se la llama en alguna ocasión. A partir de aquí sobreviene una extensa cascada de fragmentos alrededor del amor entre los muchachos, el atentado de las torres gemelas, un cuadro de Rothko o el tema del fin del mundo, o de los muchos finales, como  se repite con insistencia (si somos coherentes, la existencia de un final anula la existencia de otros finales, pero la lógica no predomina en la novela).
El fondo del cielo es, desde luego, un proyecto ambicioso y complejo. El autor, en el largo epílogo que se dedica a hablar de su propia obra, explica que más que una novela de ciencia ficción, ha intentado hacer una novela con ciencia ficción. Ciertamente se trata de un experimento que reflexiona una y otra vez sobre el género, además de amontonar referencias y alusiones al arte abstracto, el cómic, la cultura pop y el cine. Sin embargo, el tono no es necesariamente intelectual, sino que se aproxima al de un delirio irracionalista casi siempre. De hecho, uno de los principales defectos de la novela está justamente en su monologismo: es decir, aunque Fresán maneja varios narradores, todos tienen el mismo timbre, todos parecen el mismo personaje, todos –desde el Extraterrestre a la Chica rara- son, en definitiva, la voz de su amo: el autor.  Esto no tiene que ser malo en sí: las novelas poemáticas (las de Virginia Woolf, pienso ahora) suelen brillar con una sola voz. Pero aquí, me temo, la voz es demasiado narcisista. Es lo que se advierte en los soliloquios, tediosos y enrevesados en su sintaxis, lo que acaba conduciendo hacia la vaciedad conceptual. Sobran palabras por todos lados, como se aprecia en este ejemplo: “Se puede sobrevivir a la certeza de que una determinada mujer es la más hermosa que jamás se ha visto, sí; pero es tanto más difícil seguir viviendo luego de experimentar el convencimiento absoluto de que esa mujer es y será, también, la más hermosa que jamás se verá en toda la vida”. Uf.
Otro obstáculo grave para la legibilidad del texto reside en su desesperante desinterés por una trama mínimamente consecuente. Fresán -insisto- no se acaba de instalar en una novela poemática, en donde la validez del lenguaje es suficiente aliciente por sí mismo. En su novela hay acción, pero está tan desdibujada por las digresiones (algunas didácticas, otras incoherentes) y tan desnuda de referencias espaciales y temporales que el conjunto resulta difícilmente creíble.
   
Rodrigo Fresán: El fondo del cielo, Barcelona, Mondadori, 2009, 272 págs.

2 comentarios:

  1. ¿Se trata de un experimento tipo Nocilla Dream, pero CON ciencia ficción? Suena la mar de raro.

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  2. Sí, yo diría que sí. No me interesa demasiado...

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