jueves, 17 de octubre de 2013

Mario Vargas Llosa: El héroe discreto

Un pequeño empresario de la ciudad provinciana de Piura sufre la extorsión por parte de una sociedad mafiosa; a mil kilómetros de allí, en la capital, un multimillonario limeño planea una venganza contra sus dos hijos, un par de sinvergüenzas que amenazan con destruir la fortuna familiar. Estas dos historias discurren en paralelo y, como suele ocurrir en las novelas del autor, terminan por confluir de forma sorprendente.
Vargas Llosa las maneja con la desenvoltura profesional que le caracteriza y consigue una novela con héroes en clave menor, menos sórdida y más luminosa que en otras ocasiones. Esto no quiere decir, por supuesto, que no se reiteren temas y personajes obsesivamente frecuentes en su mundo literario. Vuelve el sargento Lituma, aunque no salgan las cuentas desde su primera aparición en La casa verde (1966). Vuelve don Rigoberto, el erotómano cultivado de Los cuadernos… (1997) y de Elogio de la madrastra (1988). Por la misma razón algunos temas recurrentes, como las fantasías eróticas, hacen su aparición, aunque no ocupen el primer plano.
Hay, sin embargo, una voluntad por centrarse más en las personas “decentes”, dentro de los cánones de una moral laica y burguesa, que en otros personajes perturbados o siniestros. Las grandes novelas de Vargas Llosa, como La fiesta del chivo o Conversación en la Catedral, han creado monstruos memorables, personajes malvados hasta límites diabólicos. Nada de esto se encontrará en su último libro, en donde los malos se comportan como simples monigotes y los héroes son, según reza el propio título de la novela, grises y discretos ciudadanos.
Vargas Llosa, en los últimos tiempos, parece interesarse por la revelación del mundo de la luz, más que por el de las tinieblas que fue el que le consagró. El sueño del celta era la fallida revisión histórica de un auténtico héroe que, sin embargo, tenía una vida oculta de pederasta. En cambio, Felícito Yananqué, el honrado empresario piurano, tiene debilidades más perdonables. Sobre todo destaca por su valentía frente a la extorsión y, seguramente, porque quiere mostrarse en él a un ejemplo del milagro económico peruano de los últimos años. El color local de Piura, ciudad amada por Vargas Llosa, y de los barrios elegantes de Lima son otros de los puntos fuertes de esta novela que, sin ser ni de lejos una obra maestra, se deja leer con agrado y se sitúa en un punto medio dentro de la prolífica y desigual trayectoria de su autor.

Mario Vargas Llosa: El héroe discreto, Madrid, Alfaguara, 2013. 

lunes, 17 de junio de 2013

Jesús Carrasco, Intemperie




Hay algo anacrónico en la historia de un niño que escapa del hogar, por una razón misteriosa, y que se enfrenta solo a una llanura sin límites hasta que encuentra la compañía de un viejo pastor de cabras. El inusitado éxito de este libro lleva a pensar que la literatura española vuelve a inspirarse en los relatos hambrientos de la posguerra. Pero no es así. Hay muchas razones para pensar en esta novela como una "rara avis" dentro de su propia tradición, la española. Para empezar, lo obvio, que sería situarla como un retorno a esa literatura del terruño, no explica por qué Intemperie ha tenido un éxito internacional antes que en la propia España. Esto nunca les pasó a nuestros narradores mesetarios: Delibes, Fernández Santos, el multipremiado Cela y tantos otros. Jesús Carrasco, a diferencia de sus aparentes maestros, elimina toda referencia concreta porque quiere dar a su historia un sentido universal. Hubiera sido demasiado evidente desviar la lectura hacia una visión de la Castilla o la Extremadura profundas en tiempos de Franco. Pero esta novela no ha hecho concesiones a la facilidad.
Muchos han señalado el nombre de Delibes. Sin embargo, el autor de El camino respira amor por el campo y sus personajes. Delibes nunca escribiría: "Guárdate de los hombres del pueblo". En Intemperie la llanura, con sus azotes de sol, sed y hambre, es una maldición bíblica. 
Por el contrario, la aventura de un niño y un hombre experimentado en medio de un mundo unánimemente hostil nos conduce al Cormac Mac Carthy de La carretera. El propio autor ha reconocido su deuda con este tipo de literatura norteamericana, incluso con el western. Y otra relación de parentesco, que no sé si ha dicho ya, es la que se puede encontrar con Juan Rulfo. Por un lado, se siente todo ese sentimiento de orfandad enmarcado en un páramo espantoso, las caminatas bajo un sol devorador y la nostalgia del agua que sólo aparece muy de vez en cuando. También está ese tono seco y poético que otorga el fraseo de oraciones sin verbo, el modo con que se juntan los sonidos, la misma música de las palabras. 
Dos aspectos más me llaman la atención de esta novela poderosa. Uno de ellos es el ritmo de la acción. Aunque se advierte un cuidado extremo en la elaboración de las imágenes, el narrador no se engolosina hasta el punto de que se le olvide contar una historia. Se disfruta de una trama muy bien llevada, con dos escenas terribles estratégicamente localizadas a la mitad y al final de la novela. 
La otra cuestión hace referencia a la simbología cristiana que da sentido al relato. Hay un buen número de indicios, pero me limitaré a a señalar sólo algunos. Repare el lector en la figura de Jesucristo que preside el castillo donde el muchacho encontrará refugio; piense en el pastor lector de la Biblia, o en el alguacil, que es asimilado con el mismo Satanás; recuerde, por último, los episodios de la flagelación de Jesucristo, o en el abrazo del padre en la parábola del hijo pródigo. Todo esto y mucho más, sumado a la frase final, lleva a pensar que estamos ante una novela que juega de forma ingeniosa y profunda con muchos textos, desde la novela norteamericana de carretera hasta el relato de la pasión de Jesucristo. De ahí que, en medio de las soledades de una España mitica, este relato trágico y doloroso encuentre al final un margen para la esperanza.

Jesús Carrasco: Intemperie, Barcelona, Seix Barral, 2013.

jueves, 7 de marzo de 2013

Tierra de fuego, de Adam Zagajewski


(Este lector se ha consentido un parón vacacional demasiado largo y ahora vuelve a incluir reseñas... aunque no sean mías, sino de mi hijo Santiago. Y aquí la cuelgo, justamente orgulloso, creo.)





Tierra de fuego, de Adam Zagajewski
Adam Zagajewski es uno de los poetas polacos contemporáneos más reconocidos internacionalmente, de la conocida generación del 68, en la que se encuentran grandes voces como Wislawa Szymborska, Czesław Miłosz, Zbigniew Herbert, Józef Czapski... Nació poco después de la Segunda Guerra Mundial, por lo que no sufrió los horrores de la guerra. Sin embargo, su familia fue expulsada de Lvov (actualmente Ucrania) y se trasladó a Gliwice.
En Tierra del fuego se perfilan una gran cantidad de escenarios: ciudades invernales, bosques, alguna playa, un autobús, un tren, un aeropuerto, la vista de Delf de Vermeer, las casas de Lvov o de Praga… La mirada del poeta se detiene en una gran variedad de lugares comunes, descubriendo en ellos atisbos de belleza, de verdades ocultas por dondequiera que pasa. Se desliza por todas y cada una de estas situaciones, sorprendiéndose como un viajero. Al igual que el turista, tiene el anhelo de entender algo en él que no comprende, pero que, sin embargo, le resulta familiar.
La única manera de saciar ese anhelo es la poesía, que puede captar esa realidad inaprehensible y misteriosa de la vida. El valor de la poesía reside en ese gran poder de actualizar una experiencia y comprenderla, pues como dice el primer poema, Concha:

Un poema es capaz de retener el eco
de la tormenta, como la concha que tocó Orfeo
al escapar. El tiempo arrebata la vida,
y devuelve la memoria, dorada por las llamas
y negra por las ascuas

El poema está por encima de la vida, del pasado, que rescata dorado por el recuerdo. Como una concha, conserva el eco de las olas del mar, que resuenan en el momento en el que se lee el poema, evocando la playa en la que una vez estuvo la concha. Pasado un tiempo, se comprende finalmente el sentido de aquellas situaciones, que solo pueden recogerse en una concha, y por tanto, solo pueden ser escuchadas en el mismo sitio.
La poesía se encuentra en un término medio entre el pasado y el futuro, pues “Lo que venga será invisible/y ligero./Lo que existe, vacila entre la ironía/y el temor./Lo que perdure será/azul como el ojo/de una guillotina”. El resultado, que no deja de pasar por la guillotina, es un azul claro como el iris.  El poeta tiene la certeza de que el futuro es inaprehensible y el presente se encuentra en un constante forcejeo entre ironía y temor (pues Zagajewski, aunque más veladamente, también utiliza esa ironía tan característica de poetas como Szymborska). Por eso, la poesía de Zagajewski es atemporal, abierta y libre:

Iba por una ciudad medieval,
por la tarde o al alba,
 era muy joven o bastante viejo.
No llevaba ningún reloj
ni calendario, sólo la terca sangre
que medía una eterna lejanía.
Podía volver a empezar
esta propia o impropia vida,
todo parecía sencillo,
las ventanas no cerraban del todo,
los destinos ajenos, entreabiertos.
En primavera o al comienzo del verano,
muros calientes,
un viento suave como la piel de una naranja,
era muy joven o bastante viejo,
podía escoger, podía vivir.

Es por ello que no pasa desapercibida una esperanza latente expresada por medio de imágenes de una increíble belleza. En Para M, por ejemplo:

Un día, el mar, oscuro, amenazaba,
sobre la superficie arrugada del agua
pasaban orquídeas de tormentas.

O en Lo que pasó:

Cuatro toneladas de muerte yacen en la hierba
y duran las lágrimas secas entre las hojas del herbolario.

La belleza contenida en estos versos produce un deslumbramiento ante una realidad superior. Ante esa belleza, el poeta quiere ver las claridades, chispas de belleza, a cada momento. Por eso, la tierra ardiente es uno de los temas fundamentales del libro. En el poema del mismo título, el poeta invoca a aquel que puede “ver nuestras casas por la noche y las finas paredes de nuestras conciencias” en una oración profunda:

Innombrable, invisible, silencioso,
libérame de la anestesia
llévame a la Tierra del Fuego,
llévame allí, donde los ríos
fluyen verticalmente, verticalmente fluyen
ríos horizontales.

Probablemente evocando al Infierno de  Dante, Zagajewski despierta la atención sobre el fuego, realidad ambigua, que está presente en todo el poemario, y refleja un aspecto particular de la existencia humana. Por una parte, el fuego despierta el alma que lo contempla, hace brillar chispazos poesía. Pero ese mismo elemento se encuentra prometido con la muerte, las cenizas, las ascuas, la oscuridad. En esa contradicción, reflejo de la condición humana, ahonda el poeta para descubrir el camino hacia la luz.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Christopher Morley: La librería ambulante

Me la recomendaron mucho y me la leí de un tirón. No quiero decir que sea una gran novela, ni siquiera muy buena. Quiero decir que me lo pasé bien y ya está. La contraportada dice que se trata de un mundo único y lleno de encanto, y no le falta razón. Se puede ser una persona encantadora y original, pero eso no equivale a ser un genio. En realidad uno conoce a mucha gente simpatiquísima con la que puede uno tomarse cinco cafés seguidos, aunque su conversación sea algo limitada. Y esto es lo que le sucede a la novela de Morley.
Algún lugar de Nueva Inglaterra a comienzos del siglo pasado. Roger Mifflin es un librero ambulante que se las ingenia para venderle su carromato lleno de libros a una granjera solterona. La historia la cuenta la misma granjera, robusta y sanota como recién salida de un dibujo de Norman Rockwell. El comienzo es realmente muy divertido, sobre todo por la ingenuidad yanqui de la protagonista y sus aventuras con el librero de la que inevitablemente se va a enamorar. Pero pronto la historia se vuelve previsible, las sucesivas aventuras se someten al mismo esquema y todo se termina resolviendo de la única manera que se le hubiera ocurrido a Frank Capra. En definitiva: un libro amable para quien ya ha visto cine clásico de Hollywood. Lo mejor es el planteamiento y alguna que otra reflexión interesante sobre el arte de la lectura. Como esta, por ejemplo:

Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos por la mañana. Y cualquier cosa que te haga sentirte pequeño es maravillosamente buena.

(Christopher Morley: La librería ambulante, Cáceres, Periférica, 2012).

martes, 18 de septiembre de 2012

Fred Vargas: Sin hogar ni lugar



Hoy en día toda buena novela policíaca no sólo debe entretener al lector con un caso ingenioso y atractivo, sino que se enfrenta a la tarea de retratar los males de un mundo en donde el crimen, el Mal con mayúscula, forma parte de la vida cotidiana. El éxito de muchos narradores del género reside, más que en proponer acertijos, en desnudar las lacras de una sociedad en crisis. Léanse, sin ir más lejos,  las novelas de Mankell y la Suecia contemporánea, pero también Vázquez Montalbán, Camillieri y, antes, Simenon, Hammett, etc. Fred Vargas es una competente novelista que ha hecho lo propio con la Francia actual, con sus enormes bolsas urbanas de descontentos y marginados que se arraciman en arrabales donde la violencia se ha hecho noticia conocida por todos. 
Seguramente el gran acierto de la autora está en presentar un equipo investigador formado por marginales, gentes que viven fuera del sistema pero que no se identifican necesariamente con el estereotipo de outsider aireado por los medios de comunicación o ciertos sectores bienpensantes. Es decir, los detectives no son, por ejemplo, mujeres, inmigrantes, negras y lesbianas, sino tres tipos estrafalarios cuya única pasión conocida es la lectura e investigación  históricas, lo cual les ha llevado, por distintos caminos, a la ruina económica y la soledad existencial. Los tres solterones viven juntos en un edificio semiabandonado, pero se han adjudicado cada uno de ellos un piso de acuerdo con sus preferencias cronológicas: el sótano es para el apasionado de la arqueología, la planta primera para el medievalista y el ático para el especialista en la Primera Guerra Mundial. Este singular grupo de detectives aficionados lo capitanea un policía retirado, conocido como “el Alemán” y cuya conducta es no menos extravagante.
Con este grupo de personajes es fácil suponer que la novela abunda en episodios disparatados, algunos francamente divertidos. Pero, además, la inteligencia de los protagonistas corre pareja con su falta de sentido práctico y un sentido quijotesco de las cosas que les lleva a iniciar una investigación que debe de exculpar a un retrasado mental como principal sospechoso de una serie de asesinatos. Vargas cuenta con agilidad y juega con el lector a través de varias pistas falsas, dos bazas importantes del género policial, y todo esto lo adoba con un lenguaje irónico, a veces duro y desgarrado. El resultado final es una novela  convincente y entretenida.

(Fred Vargas: Sin hogar ni lugar, Madrid, Siruela, 2007). 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sally Salminen: Kathrina



Al leer hoy la historia de Katrina, publicada en 1936 y ambientada entre 1870 y 1920, podemos caer en la tentación de pensar que su vida nada tiene que ver con la nuestra o, al menos, con la de quienes vivimos en el primer mundo. Sin embargo, aún hay, en los países en vías de desarrollo, millones de mujeres que luchan para sacar delante a sus familias con la misma escasez de medios e idéntica tenacidad. Por eso, cuando se recuerda que el exceso de todo lo necesario se vivió también en el mundo desarrollado, y que muchas familias vuelven a ver de cerca la escasez, empieza a pensarse que tal vez uno de los mensajes que transmite esta novela finlandesa sea muy actual. El recio carácter de Katrina tiene todavía mucho que decir. Su fortaleza ante la adversidad y su falta de autocompasión son un desafío al que se nos convoca en este remoto relato que transcurre en una isla del sur de Finlandia hace ya un siglo.
La protagonista comete un error de juventud: no acepta a ningún pretendiente de su aldea y se casa con el primer extranjero que aparece por allí bajo la promesa de que, en su tierra, los manzanos crecen por doquier. Pero cuando se da cuenta de su ligereza, de que ha vendido su reino por unos manzanos, no mira atrás… Incluso consigue enamorarse de un esposo fanfarrón y sin fundamento, un hombre de buenos sentimientos pero que no vale como compañero, ni como padre.
Tal vez la novela peca a veces de algo esquemática en su desarrollo. Pero contiene, aparte de sus valores humanos, muchos episodios de una gran fuerza emotiva. La protagonista, por ejemplo, acaba plantando un manzano por cada uno de sus hijos y por su marido. Esos manzanos con los que soñaba de joven. Y de pronto intuye cuándo ha muerto uno de sus hijos porque el manzano que llevaba su nombre es derribado una noche por una fuerte tormenta. Sin embargo, su vida nunca se rompe. Cuando nos den ganas de arrugarnos por un quítame allá esas pajas, cuando nos enroquemos por tal o cual falta de satisfacción personal, quizás la historia de Katrina  pueda servir de ayuda.

Sally Salminen: Katrina, trad. de Francisco Torres Ferrer y L. Vegas López, Madrid, Palabra, 2012, 526 págs

miércoles, 13 de junio de 2012

Claudia Piñeiro: Betibú



 Un conocido hombre de negocios aparece degollado en su domicilio. Su criada ha encontrado el cadáver. Un periodista joven, que se deja ayudar por otro viejo y experto, comienza a investigar. Pronto van a sucederse otras muertes misteriosas… Todos hemos leído cientos de novelas o visto miles de películas con estos ingredientes. La última novela de Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) es un patchwork de estereotipos de la novela policial y de suspense. El mismo espacio en el que la autora vuelca su historia–un exclusivo country club a las afueras de Buenos Aires-, ya lo ha tratado en su novela más famosa, Las viudas de los jueves. Sin embargo, Betibú se deja leer muy bien, nunca da la impresión de caer en la vulgaridad. ¿Por qué? Posiblemente se deba a dos motivos: uno, está bien escrita, siempre con ese tono neutro a lo Vargas Llosa o Manuel Puig; dos, consigue mostrar un personaje alrededor del cual va enhebrando toda la acción.
Ese personaje es Nurit Iscar, conocida por algunos como Betibú, por su parecido con Bety Boop, la heroína de cómic. Betibú es una mujer de mediana edad, ex periodista, ex escritora, inteligente, agnóstica, divorciada y con una vida sentimental a la deriva. El periódico para el que trabajó le pide que redacte una crónica diaria desde el country club donde se ha producido el crimen. Enseguida sus pesquisas hacen que trabaje en equipo improvisado con los dos periodistas que también están cubriendo el suceso. Lo más valioso no está, quizás, en el modo con que se va hilando la trama, ni en el hecho de que la protagonista sea una mujer decidida (a estas alturas otro tópico de la novela policial de hoy) sino en cómo vamos descubriendo a la protagonista, sus dudas y contradicciones, las relaciones con sus hijos, las amigas que la rodean y forman con ella casi otra familia. Nuria, es decir, Betibú, es hija de una sociedad burguesa y posmoderna que existe en Buenos Aires igual que en Madrid, Londres o París, todo esto sin que ella pierda su inconfundible argentinidad. Sus lazos afectivos tienen que recomponerse continuamente al ritmo que la vida le va imponiendo. Son reales la crudeza o el desenfado con que encara ciertas situaciones o las dificultades que atraviesa para intenta comprenderse. Otros personajes resultan también un acierto, particularmente el “pibe de policiales” (nunca se conoce su nombre), siempre colgado de su blackberry. El mundo de internet está reclamando su sitio en la literatura.
En definitiva, Piñeiro vuelve a ofrecer otro producto comercial, pero de calidad.

Claudia Piñeiro: Betibú, Madrid, Alfaguara, 2011, 354 págs., 18, 5 euros.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Aquilino Duque: Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra



 De un tiempo para acá viene reclamándose que se reescriba la historia literaria de España después de la Guerra Civil. No todo pudo ser un “páramo cultural”: ni se fueron todos los escritores al exilio, ni los jóvenes partían de la nada absoluta por muy duros que fueran el aislamiento internacional y la censura franquista. Ciertamente una de las dos España dejó de contar por unas décadas, pero eso no quiere decir que la otra estuviera integrada exclusivamente por bárbaros ignorantes.
No obstante, todavía quedan muchos mitos y prejuicios que demoler hasta llegar a una visión menos parcial de lo que fueron las cosas en el ámbito cultural. Este nuevo ensayo de Aquilino Duque pretende reivindicar la obra de siete notables figuras de esa orilla católica y conservadora hoy marginada por la mayoría de los manuales e historias al uso.
En el prólogo el autor renuncia a darle un capítulo a Cela, en parte porque –según él- no lo necesita, en parte porque –me parece- nuestro Nobel se sale del aire de familia que tienen los autores tratados: José María Pemán, Rafael Sánchez Mazas, Wenceslao Fernández Florez, Ramón Gómez de la Sena, los hermanos Villalonga y Vicente Risco. El naturalismo tremendista de Cela está muy lejos de cualquiera de ellos. Pero esto no quiere decir que la estatura literaria de cualquier miembro de esta serie no sea de consideración. El bosque animado es la mejor novela del siglo XX, según afirma Aquilino Duque y tal vez no le falte razón. Las semblanzas de otras obras hoy preteridas (Rosa Krüger, Miss Giacomini o La puerta de paja) invitan al lector a buscarlas y disfrutar de un pasado literario injustamente desconocido.
El elogio más discreto que se puede dar del estilo de Aquilino Duque es su brillantez. Con una gracia y una desenvoltura amenísimas el libro va repasando hechos y textos, al mismo tiempo que reclama con tono desafiante una relectura menos tópica de nuestro pasado. Así, se nos recuerda que el exilio, por ejemplo, no produjo novelas de la talla de La familia de Pascual Duarte o El bosque animado; o que los problemas y malas interpretaciones políticas podían darse también en el seno del régimen; o que la posibilidad de una novela “católica” en España no era asimilable a la que se dio en Francia o Inglaterra, donde el cristianismo intelectual era minoritario y problemático. Las anécdotas suceden a las interpretaciones, porque este no es un libro académico sino un ensayo personal en el que el autor, novelista y poeta al fin, interrumpe su discurso para gastar una broma, se enfada con las opiniones políticamente correctas y, sobre todo, dialoga con sus colegas y maestros, algunos de los cuales conoció de cerca.

Aquilino Duque: Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra, Madrid. CEU San Pablo, 2012, 95 págs.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Elena Garro: Los recuerdos del porvenir




La edición española de esta gran novela mexicana colma una laguna entre nuestros lectores que hacía falta rellenar. Los recuerdos del porvenir (1963) se editó cuatro años antes que Cien años de soledad. No es casual esta precedencia: Muchas de las situaciones y personajes de Los recuerdos del porvenir pueden recordar al mejor García Márquez sin el peligro de recordar mejor a García Márquez (como ocurre con Isabel Allende). El estilo de Elena Garro (1920-1998), elegante, lírico, sugerente, tiene personalidad.
La revolución de los cristeros –en los años veinte del pasado siglo-, es el momento histórico elegido para situar la acción. La novela da cuenta de las brutales represiones del gobierno contra los católicos en un pueblo del interior Ixtepec. Sin embargo, no estamos ante un  panfleto de denuncia ni siquiera de una novela de acción. Como el título indica, el libro es una reflexión sobre el paso del tiempo. Ixtepec es la cifra y el resumen de toda una sociedad, al igual que el Macondo de García Márquez. Y como cualquier espacio mítico, el transcurrir de los días no se cuenta de manera normal. El destino marca las vidas de los quienes habitan en este mundo aislado y reducido, de tal forma que no son capaces de salir de él.
Quizá por todo esto los personajes viven dominados por un fatalismo casi mágico, sin que sepamos muy bien por qué. Están todos marcados por los recuerdos de un pasado que los determina en adelante. En lugares así, no es extraño que sucedan hechos maravillosos o extraordinarios. Elena Garro anticipó con esta novela, obra maestra de la literatura mexicana, lo que luego vendría a conocerse mundialmente como realismo mágico.

Elena Garro: Los recuerdos del porvenir, Madrid, 451, 2011. 

viernes, 6 de abril de 2012

Stefan Zweig: Mendel el de los libros

Este pequeño y precioso libro se concentra en la mínima historia de un librero judío durante la Viena de la Gran Guerra. Jakob Mendel tiene una retentiva casi tan extraordinaria como la de Funes el memorioso pero, a diferencia del personaje borgiano, su capacidad no es una desgracia, sino un don del cielo. Amurallado frente a la realidad por sus queridos libros, pasa treinta años trabajando en una mesita del café Gluck. Sin embargo, una casualidad absurda termina con su encierro, cuando sea acusado injustamente de espionaje durante la guerra.
En 1929 Zweig imagina una fábula sobre la progresiva destrucción de un mundo, el del humanismo, encarnado en un pobre hombre enamorado de la cultura. La aniquilación de la memoria, del hombre y de sus libros, quizá fue un tema que atrajo al judío Zweig. Y toda la historia parece converger en esta redonda frase final que parece rebelarse contra las enseñanzas del Eclesiastés:
"Los libros sólo se escriben, para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido."

Stefan Zweig: Mendel el de los libros, Barcelona, Acantilado, 2009 (trad. Berta Vias Mahou)

viernes, 16 de marzo de 2012

Eduardo Halfón: Mañana nunca lo hablamos




Los recuerdos de infancia de un muchacho centroamericano de los años setenta pueden resultarnos más o menos lejanos, de acuerdo con la curiosidad de cada quien. Sin embargo, este libro del guatemalteco Eduardo Halfón (Ciudad de Guatemala, 1971) tiene la suficiente calidad como para atraer la atención de cualquier buen lector. Son diez episodios de la vida del escritor, nacido en una familia acomodada de origen judío. El gran terremoto de 1976, la experiencia de un tumor cerebral o unas sesione adivinatorias con los restos de un café, son algunas de las vivencias que el autor invoca con rara expresividad y estilo contenido. Más allá del estrecho círculo de la infancia, de la burbuja idílica de amigos y familiares, hay un mundo de miseria y prejuicios que el niño narrador apenas intuye, pero que poco a poco se va desvelando. El modo con que se divisa esa frontera impuesta por los adultos –eso de lo que nunca se habla-, es el hilo común que engarza todos los capítulos del libro.
¿Memorias de infancia o volumen de cuentos? Al lector común esta cuestión le importará relativamente poco. Lo que de verdad interesa es señalar la alta calidad de su escritura .

Eduardo Halfón: Mañana nunca lo hablamos, Valencia, Pre-textos, 2011.
(publicado en Nuestro tiempo, enero-febrero 2012)

lunes, 27 de febrero de 2012

Clara Obligado: El libro de los viajes equivocados


El viaje como metáfora del paso del ser humano por la tierra: este es el primer hilo que nos conduce de un cuento a otro por un recorrido tan variado como imaginativo. Clara Obligado, escritora de frontera entre España y Argentina, ha escrito un libro sobre el azar, la fugacidad y el desasosiego; libro surcado por toda clase de itinerarios: peregrinaciones de seres humanos o de animales prehistóricos, traslados libres o forzosos en trenes sin destino preciso, desplazamientos en taxis urbanos, travesías de emigrantes, caminatas por la playa, y ese viaje final para todos nosotros que es la muerte. No concede respiro al lector tanto movimiento: la indefensión de los personajes ante una realidad tan ligera es la misma que se puede sentir ante un suelo que tiembla bajo nuestros pies. 
El otro hilo con el que podemos comprender el dibujo complejo de este libro es el de la espiral. Como la autora indica en unas palabras preliminares y en el caligrama con que se cierra el volumen, la forma de la espiral representa la sofisticada arquitectura que entrelaza todas las historias. Una unidad secreta se descubre en las repeticiones de escenas, palabras, imágenes, personajes a lo largo del relato. Esa chica pelirroja que se va en el tren con el que comienza "El silencio", puede (o no) ser la protagonista de "Albania"; aquellos viejos que la pareja de Madison ve en Buenos Aires son los emigrantes polacos de otro cuento; la estación de tren de Angulema, una playa de Normandía, el mamut ahogado en Siberia, una misteriosa muchacha llamada Lyuba, son otras tantas presencias que aparecen y desaparecen en cuentos en apariencia muy distintos entre sí.
¿Qué hay detrás de tanta variedad de escenas y personajes? ¿Sólo un juego ingenioso de ecos y circularidades? Me parece que no. En la primera página vemos a Lyuba tumbada al sol en la playa. Una caracola le pincha en la espalda. Líneas más abajo la cámara enfoca su ombligo. Con estas dos imágenes se nos señalan muchas cosas: la estructura del libro, por supuesto, que discurre como la forma de la caracola y  el ombligo. Pero también el aspecto circular y repetitivo del tiempo; y aún más, ese carácter central, de omphalos, del ombligo femenino, origen simbólico de la vida. ¿La Mujer como centro del mundo? Pues quizá...



Clara Obligado: El libro de los viajes equivocados, Madrid, Páginas de espuma, 2011.

viernes, 20 de enero de 2012

Edmund Crispin: La juguetería errante

Pocas novelas tan divertidas y, al mismo tiempo, tan literariamente artificiales como La juguetería errante. He de reconocer que me lo he pasado muy bien leyéndola.Todo aquí es  muy british: el ambiente oxoniense, el humor absurdísimo, la investigación concebida como un pasatiempo y esos estudiantes que paladean un madeira mientras hacen observaciones cínicas sobre el equipo de remo de la Facultad. La pareja protagonista no puede ser menos inverosímil: un poeta muerto de hambre y un profesor de literatura medio chiflado. Entre los dos llevan a cabo la investigación en medio de un Oxford de los años treinta, en donde una serie de coincidencias imposibles los va llevando a la resolución final del enigma. A diferencia de la mayor parte de las novelas policiales, incluso las de tradición inglesa a las que se adhiere Crispin, aquí nada se toma en serio. Ni siquiera el mismo caso. Los diálogos de los dos detectives aficionados, Cadogan y Fen, son demasiado absurdos. Como muestra este botón: a los dos los acaban de golpear unos individuos y los han atado de pies y manos. Entonces, para matar el tiempo, recurren al siguiente pasatiempo:

Vamos a jugar a los Libros Infumables -sugirió Fen.
-Vale. El Ulises.
-Vale. Todo Rabelais.
-Vale. El Tristram Shandy.
-Vale. La copa dorada.
-Vale. Rasselas.
-No,a  mí me gusta Rasselas.
-¡Santo Dios, bueno, pues entonces Clarissa!
-Vale, Titus... (pág. 130)

Quizás algunas de las persecuciones grotescas en bici, en camión o en piragua que pueblan la novela puedan recordar a El hombre que fue Jueves. Pero Chesterton, en medio de la broma, era un señor más serio. Salvo quizás alguna conversación al final, toda la novela es un gran cachondeo a costa, entre otros, del género policial, la Universidad de Oxford, las viejecitas inglesas y las novelas de Jane Austen. 

Edmundo Crispin: La juguetería errante, trad. José C. Vales, Madrid, Impedimenta, 2011.

jueves, 12 de enero de 2012

Enrique Krauze: Redentores. Ideas y poder en América Latina


.El autor de este libro es quizá uno de los nombres mayores del ensayo hispanoamericano actual. Historiador de conocida trayectoria, entre sus muchos libros se encuentran piezas maestras del género biográfico, como su monumental Biografía del poder, que recorre la trayectoria de los principales prohombres de México desde la Independencia hasta los últimos presidentes del PRI. Una estructura semejante ha guiado esta última entrega suya, en la que desarrolla los hechos e ideas de figuras relevantes del pensamiento y la acción política en Hispanoamérica a lo largo del pasado siglo.
La primera parte del libro esboza cuatro retratos imprescindibles de intelectuales de principios del siglo XX: Martí, Rodó, Vasconcelos y Mariátegui. Se trata de cuatro figuras colosales, cada una a su manera, que representan el papel singular del letrado en la escena pública hispanoamericana. El análisis que aporta Krauze no es demasiado original en ninguno de los casos, pero salta a la vista su capacidad narrativa y su conocimiento profundo de la obra de alguno de ellos, como José Vasconcelos. Las semblanzas posteriores abren el campo de observación a hombres y mujeres de acción, frente a los intelectuales, aunque a veces se confundan los planos, como es el caso del Che Guevara. La lista que promete Krauze es tan sugerente como variada. Además del mentado icono de la Revolución, están Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Eva Perón, Mario Vargas Llosa, Hugo Chávez, Samuel Ramos y el Subcomandante Marcos. Llama la atención la desigualdad de trato entre uno y otro. No me refiero a la inevitable y necesaria parcialidad del ensayista. Los personajes más amables desde su óptica son aquellos que, como Paz o Vargas Llosa, se sienten de vuelta de ideales que sólo conducen a la violencia y la falta de libertades. El problema reside, más bien, en la irregularidad de tonos y espacios. Así, a la amplísima y amistosa biografía de Paz –maestro de Krauze, no lo olvidemos-, le sigue otra demasiado breve de Evita. Una figura así de incómoda, contradictoria y egolátrica, merecía mucho más. Lo mismo se puede decir del capítulo de Chávez: más que una biografía es una diatriba política.
Para Krauze los anhelos redentores de líderes e intelectuales son, en general, nefastos para las naciones que pretenden salvar. Su ideario neoliberal, basado en pensadores como Berlin o Popper, le lleva a desconfiar de las utopías revolucionarias, aunque lamentablemente su discurso no termina de armarse de forma consistente. Las biografías, en muchos casos apasionantes, son demasiado dispersas como para poder seguir un hilo argumentativo común. El epílogo, poco más de diez apretadas páginas, esboza unas conclusiones que requerirían mayor análisis. Atribuir, por ejemplo, al catolicismo de la época colonial la raíz de estos redentorismos intransigentes no deja de ser una lectura simplificadora de Max Weber. También ha habido salvapatrias en otras culturas con un background muy distinto, incluso en regiones protestantes. El nazismo hitleriano prendió mejor en la Prusia luterana que en la Baviera o la Austria católicas. El continuo rebrotar de esa semilla seudomesiánica hubiera requerido de un análisis más demorado y complejo. Pero, en cualquier caso, he aquí un libro que presentará a muchos lectores una galería atractiva de un grupo de figuras esenciales de la historia hispanoamericana del siglo XX.

Enrique Krauze: Redentores. Ideas y poder en América Latina, Barcelona, Debate, 2011, 582 págs
(publicado en Aceprensa)

viernes, 9 de diciembre de 2011

Muriel Spark: El asiento del conductor


Lise, una mujer todavía joven y atractiva, viaja a Italia con un oscuro propósito que se va revelando al lector al poco tiempo de iniciar la lectura: La protagonista busca con toda seriedad un hombre que la asesine muy lejos de su patria. Con un estilo seco y un humor negro que entra de lleno en el cinismo, Muriel Spark va detallando la peripecia de una mujer a la deriva de sí misma.
Hace bastantes años el título original de la novela (A Driver’s Seat) se tradujo de forma quizá chistosa para la época (Mujer al volante), pero muy poco adecuada para la actual. Lo cierto es que una posible interpretación de la historia tendría que ver con la violencia de género, drama que, por cierto, sufrió la misma Muriel Spark en su vida. Sin embargo, el problema, en la novela es bastante complejo, pues es la mujer quien persigue su propia destrucción.
Qué lleva a Lise a tomar una decisión tan terrible es quizá la pregunta decisiva de toda la novela. Spark, fiel a sí misma, no da demasiadas explicaciones. Desde un punto de vista puramente formal, lo interesante es el punto de vista, siempre exterior al personaje, de forma que nunca sabemos con completa certeza por qué actúa de una forma tan extravagante. Pero algunas pistas van apareciendo aquí y allá. Una cadena de desdichas afectivas y la falta de asideros morales son algunas de las respuestas que sugiere el relato. Más que la historia de una búsqueda macabra, esta novela gira en torno a una huida desesperada. Es la fuga de una mujer desquiciada por una sociedad fría, materialista y egoísta, que, desde la óptica de la autora, se identifica con la moderna Gran Bretaña. Alguna vez se ha dicho que la obra literaria de Muriel Spark se acerca, por su desgarro, a la de una Patricia Highsmith o una Iris Murdoch. Sin negar el parentesco, no es menos cierto que la fe católica de la escritora escocesa proporciona también otra dimensión a su peculiar sentido de la sátira. El Evelyn Waugh de Un puñado de polvo, con su repertorio de individuos grotescos y desorientados, es tal vez uno de sus referentes más claros. Sin una perspectiva trascendente, los personajes de una sociedad neopagana acaban desquiciados. No es otra cosa lo que le sucede al protagonista de El asiento del conductor, que termina por desear su inmolación en un país ajeno donde ella se sienta alguien, aunque sólo cumpla el papel de víctima.

(Muriel Spark: El asiento del conductor, Zaragoza, Contraseña. 2011, 136 págs.)

martes, 20 de septiembre de 2011

Juan Gabriel Vásquez: El ruido de las cosas al caer


Premiada con el Alfaguara de este año, la última novela de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) se localiza en la Colombia de los años setenta, cuando el narcotráfico empieza a desplegar toda su ominosa presencia en el país. Un joven profesor de Derecho, Antonio Yammara, se hace amigo de un hombre de mediana edad atormentado por una oscura historia, Ricardo Laverde. Por un trágico azar, el protagonista está junto a Laverde cuando este es asesinado en medio de la calle. Yammara, que ha resultado herido de gravedad, queda profundamente conmocionado por la experiencia y su vida, hasta entonces burguesa y tranquila, se transforma. A partir de ese momento, su matrimonio empieza a entrar en una lenta deriva mientras él trata de comprender el pasado de su amigo desaparecido.
Como todas las tragedias, el final se conoce de antemano y el destino de Laverde (al igual que el del resto de los personajes) está escrito y es conocido, o intuido, por los lectores casi desde el comienzo. Con el borroso recuerdo de la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, la novela se construye a partir de una investigación obsesiva en donde los muchos detalles que van brotando aportan sólo una verdad muy relativa a los hechos. Algún que otro episodio secundario, de hecho, no añade gran cosa al conocimiento que busca Yammara, pero vale por sí mismos, casi como un cuento independiente.
Lo mejor del libro es, sin duda, la calidad del estilo con que está elaborado. Vásquez domina una prosa tersa, elegante. El autor exhibe todo su talento en las distintas atmósferas donde se desarrolla el relato. Son muy bellas sus evocaciones del hermoso barrio de la Candelaria, en Bogotá, o de la hacienda Villa Elena, en los idílicos paisajes del interior. Se intuye una sólida formación literaria detrás de algunas alusiones o del sofisticado andamiaje narrativo, pero nunca se cae en el amaneramiento o el pintoresquismo. Además, la trama se va siguiendo con interés y facilidad gracias a una dosificación inteligente de los elementos principales del argumento.
Por desgracia, a mi modo de ver, estas expectativas se ven algo defraudadas en el tramo final de la novela. Ciertamente su halo trágico justificaría que la conclusión no depare demasiadas sorpresas, pero el lenguaje es innecesariamente desgarrador y las acciones repetidas sugieren un efecto morboso algo pesado. Tampoco parece convincente el afanoso anhelo del protagonista por esclarecer la vida de su antiguo amigo, hasta el punto de enredarse en una aventura autodestructiva en la que no falta un escarceo erótico sin trascendencia. No está claro si el lector podrá identificarse con la obsesión que mueve toda la novela. Por eso, de las dos historias que confluyen en la novela, la del atormentado ex piloto de aviación y la del abogado prometedor, la primera acaba por superar en verdad y en interés a la segunda. 


Juan Gabriel Vásquez: El ruido de las cosas al caer, Madrid, Alfaguara, 2011, 259 págs.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Penelope Fitzgerald: La librería

Le eché el ojo a esta novela por dos motivos: 
- uno, por la portada, que me pareció atractiva; 
-dos, por la autora, que fue amiga de mi admirada Muriel Spark.
Después de terminarla (es breve), me he convencido de dos cosas más, a saber:
-la razón número 1 no sirve, igual que no te puedes fiar de una chica sólo porque sea guapa, 
-y la razón número 2 es inútil, porque los amigos de tus amigos no tienen por qué ser tus amigos.
El problema, creo, no está en que la novela no sea inteligente (que lo es) ni en que esté mal escrita (que no lo está ni mucho menos) . Como muestra de sus méritos, este botón: Un día, la protagonista, una inofensiva viuda de mediana edad, lleva su caballo enfermo al veterinario y este le dice que, para curar al animal necesita afilarle los dientes. Y pide ayuda a la mujer de la siguiente manera:

-Ahora, señora Green, si pudiera usted sujetarle la lengua. No se lo pediría a cualquiera, pero sé que usted no se asusta.
-¿Cómo lo sabe? -preguntó ella.
-Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.

En efecto, no le falta ironía de la buena. Entonces, ¿dónde falla? Para empezar, el argumento es sencillo, tal vez hasta demasiado plano. La protagonista decide poner una librería en un pueblecito inglés perdido allá donde Churchill perdió el puro. Enseguida todos los habitantes la miran con incredulidad y se desatan las habladurías. El resto de la historia es tan leve que no lo vamos a destripar. Además, los personajes me resultan poco consistentes. O tal vez es que el entorno me resulta poco cercano. Es el problema de las novelas que basan su atractivo en el ambiente que evocan, sobre todo si pertenecen a un mundo que desaparece como es el rural. Hace unos cuantos años intenté, con nulo éxito, explicar El camino de Delibes a unos estudiantes norteamericanos. No entendían nada y las relaciones humanas, extrañísimas para ellos, les interesaban menos aún. La librería pertenece a ese linaje abundante de novelas inglesas inteligentemente escritas y dotadas de un fino humor, pero que se ciñen demasiado al propio espacio del que han salido. No me cabe duda de que muchos matices suyos se pierden al cruzar el canal de la Mancha. 

(Penelope Fitzgerald: La librería, Madrid, Impedimenta, 2010, trad. Ana Bustelo)

jueves, 15 de septiembre de 2011

Peter Englund: La belleza y el dolor de la batalla

La mayoría de los libros de Historia siguen una línea continua y se rigen por una serie lógica de causa-efecto. Hitler llegó al poder, luego empezó su política de expansión, luego invadió Polonia, luego empezó la segunda guerra mundial, etc. Lo fascinante de este libro, por el contrario, es que renuncia a la Historia clásica para hablarnos de la Primera guerra mundial de forma discontinua y estableciendo correspondencias azarosas entre sucesos simultáneos. 
Así explicado, puede resultar un tanto confuso, pero el esquema es muy sencillo y original. Peter Englund (historiador sueco y secretario de la famosa Academia de los Nobel) toma los testimonios autobiográficos (diarios, cartas, memorias) de veinte testigos y los va superponiendo uno tras otro. Cada capitulo abarca un pequeño episodio de la vida cotidiana de estos soldados, enfermeras, políticos, niños, mercenarios de múltiples nacionalidades. Los títulos informan del carácter próximo a la literatura de la narración histórica: "Paolo Monelli conversa con un muerto en el Monte Caroli", "Edward Mousley ve caer la nieve sobre Kastamonu", "Alfred Pollard resulta herido a las afueras de Zillbeke", "Willy Coppens es testigo de la metamorfosis de un insecto en persona", etc. A lo largo de seiscientas páginas vamos siguiendo los derroteros de estos personajes reales que se interrumpen para dejar paso a otro, y éste a su vez se abandona para dejarlo a un tercero, hasta que, de forma imprevista, volvemos a conocer un nuevo acontecimiento en la vida de aquel individuo que habíamos dejado páginas atrás. 
Muchas escenas son impresionantes y los personajes elegidos no pueden ser más dispares. El más estrafalario de todos es Rafael de Nogales, un venezolano enfermo de ardor guerrero, que ya ha estado en dos guerras antes y que toma el transatlántico para combatir en el primer ejército que encuentre. Al principio quiere ir con "la heroica Bélgica", pero no, los belgas no le hacen ni caso, tan ocupados están peleándose con los alemanes. Lo intenta con Francia, con Alemania, con el Imperio Austrohúngaro... en algún lugar lo toman por espía, en otro le sugieren que vaya a Montenegro, que allí estarán encantados de recibirle. Por fin, termina alistándose... en el ejército turco. La visión del genocidio contra los cristianos armenios lo dejará marcado.
He dicho que todos los personajes son muy distintos entre sí. Hay, sin embargo, dos cosas en común: la mayoría tiene un fuerte carácter y son personas cultivadas. ¿Cómo no pensar en esa baby sitter inglesa que trabaja en San Petersburgo y se alista como enfermera del ejército ruso por amor a su patria de adopción? ¿O esa Olive King, neozelandesa, que acaba de conductora de camiones militares de los serbios? Y he dicho que son gente con una preparación superior. Paolo Monelli lleva en su mochila su ejemplar manoseado de la Divina Comedia y el ingeniero Lobatov lee en las trincheras a Clausewitz como un oráculo para tratar de adivinar cuando acabará la guerra.
Especialmente conmovedor es el rumbo de los que terminan muriendo. Ese soldado australiano que pierde la vida en Gallípoli; o ese pobre Kresten Andresen, un joven inofensivo que sueña con volver a su casa y ser maestro de escuela: desaparece en una de esas macabras ofensivas del frente francés. 
A uno estas proximidades con la literatura le atraen. Ahora bien, si el planteamiento narrativo del libro es tan agradable, me pregunto qué renta sacamos a este poliedro de miradas sobre la guerra. ¿Cambia algo nuestra visión de lo que fue la Primera guerra mundial? ¿Hay detrás de todo una tesis, una nueva interpretación? Me parece que no: es difícil comprimir todo esta constelación de testimonios. Ni siquiera el título es del todo adecuado, quizá: hay mucho dolor y sólo un poco de belleza. Da la impresión de que el autor ha descompuesto la historia en miles de pedacitos, los ha tirado por la habitación y luego se ha alejado un poco para ver el resultado. Un resultado impresionante por su colorido, pero sin forma definida.

jueves, 14 de julio de 2011

Joaquim Maria Machado de Assis: Cuentos de madurez

Aunque ya se han ido traduciendo sus principales novelas, es hora de que el lector español vaya conociendo la vasta producción de cuentos de este autor brasileño, clásico entre los clásicos del siglo XIX iberoamericano. Los relatos de madurez aquí reunidos forman una galería originalísima que pone un pie en el realismo de situación y otro en el  desborde fantástico. Algunos de ellos (“Anécdota pecuniaria”, “Singular coincidencia”, “Una señora”, etc.) se encuentran entre lo mejor de su producción.
Machado de Assis es, sin ñoñería, un moralista, un hombre preocupado por las consecuencias que traen las pasiones en la vida de las personas. En realidad, no pretende estimular la virtud y azotar el vicio al modo habitual. La envidia, la codicia, la infidelidad o la cólera son realidades que disecciona con la curiosidad de un entomólogo. El resultado del experimento suele ser la infelicidad del individuo sometido a sus bajas inclinaciones. Pero nunca pretende moralizar ni adoctrinar sino dar cuenta de su observación. Por lo demás, el humor o la ironía enfrían historias que, en manos de otro escritor, serían mucho más pesimistas.
La imaginación, algo embrollada y exuberante, es otra de sus notas distintivas. De un cuento a otro el salto es, a veces, enorme, tanto en el tipo de historias como en el abanico de técnicas desplegadas a lo largo de esta antología. A diferencia de tantos escritores del siglo XIX, Machado de Assis no se limita a utilizar el clásico punto de vista realista. Algunos cuentos suyos disparatan alrededor de una teoria extravagante sobre el alma. En otros puede imitar el estilo bíblico o el de las crónicas renacentistas, contar una historia a partir de una charla de café o de un testamento estrafalario. La acumulación de lecturas de la que hace gala en muchas narraciones revela, además, una singular preocupación cosmopolita que sólo se advierte en ciertos países periféricos. Como el argentino Borges, Machado de Assis se siente deudor de toda la tradición cultural occidental, a la vez que habla de cosas puramente locales.
Divertido y filosófico, erudito y vitalísimo, el universo de Machado de Assis deslumbra por su inventiva: lo mismo capta un detalle de la buena sociedad fluminense que se nos aparece con una historia reveladora de la inteligencia superior de las arañas. La ensoñación y la locura son temas que entran y salen de las cabezas de sus personajes, algunos completamente sumidos en sus quimeras y otros cuya única obsesión es escapar de la mediocridad mediante las ilusiones.
Susan Sontag consideraba a Machado de Assis uno de los mejores escritores de todo el siglo XIX y el mayor de toda Iberoamérica. Quién sabe que hubiera sido de la fama de este autor si, en vez de nacer brasileño, hubiera sido francés, inglés o ruso. La obra de este contemporáneo de Dickens, Flaubert o Chejov asombra por su actualidad sin que desmerezca de los grandes nombres citados.

(J.M. Machado de Assis: Cuentos de madurez, Valencia, Pre-textos, 2011).

sábado, 18 de junio de 2011

Kazuo Ishiguro: Nunca me abandones

A pesar de que amigos inteligentes me lo ponían por los cuernos de la luna, nunca me entusiasmó Los restos del día, cuando lo leí allá por el año 91. En su momento se me antojó una novela demasiado correcta, tanto en lo literario como en lo político. La trama, el estilo, los personajes... todo era too much british como para que hubiera salido de las manos de un inglés de toda la vida. Ishiguro había escrito una novela tan inglesa que parecía escrita por un extranjero.
No me metí con muchas ganas en esta otra novela del mismo autor, porque veinte años no es nada y todavía me duraba el aburrimiento del libro que lo había consagrado. Pero para mi sorpresa me encontré con un argumento provocador. Los experimentos médicos con niños, tal y como los cuenta Ishiguro, con esa frialdad que en Los restos del día sonaba artificial, ahora son sencillamente sobrecogedores. Todo transcurre en una época conocida del lector actual, los años ochenta y noventa, pero de pronto van facilitándose datos que nos trasladan a una sociedad materialista. egoista y despiadada. La incomodidad que sentimos no es superficial y quizá nos preguntemos si, en efecto, este mundo nuestro no es tan diferente del que cuenta Ishiguro. Si no hay millones de víctimas silenciosas, como los niños de la novela, que pagan con sus vidas los avances de la ciencia y el bienestar de otros.
Esto, por el lado de los aplausos. En el lado de los abucheos, me temo que a la novela le sobran doscientas páginas. El relato se enreda con detalles innecesarios; la narradora y protagonista, de tan memoriosa que es, resulta cargante. Tanto guiño elegante, tanta alusión a media voz. Ishiguro es sin duda un escritor inteligente al que le gusta establecer una relación cómplice con lectores de altura. Esto está muy bien, pero ya lo hizo Henry James con más talento. Ishiguro, una vez más, demasiado british.