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jueves, 14 de julio de 2011

Joaquim Maria Machado de Assis: Cuentos de madurez

Aunque ya se han ido traduciendo sus principales novelas, es hora de que el lector español vaya conociendo la vasta producción de cuentos de este autor brasileño, clásico entre los clásicos del siglo XIX iberoamericano. Los relatos de madurez aquí reunidos forman una galería originalísima que pone un pie en el realismo de situación y otro en el  desborde fantástico. Algunos de ellos (“Anécdota pecuniaria”, “Singular coincidencia”, “Una señora”, etc.) se encuentran entre lo mejor de su producción.
Machado de Assis es, sin ñoñería, un moralista, un hombre preocupado por las consecuencias que traen las pasiones en la vida de las personas. En realidad, no pretende estimular la virtud y azotar el vicio al modo habitual. La envidia, la codicia, la infidelidad o la cólera son realidades que disecciona con la curiosidad de un entomólogo. El resultado del experimento suele ser la infelicidad del individuo sometido a sus bajas inclinaciones. Pero nunca pretende moralizar ni adoctrinar sino dar cuenta de su observación. Por lo demás, el humor o la ironía enfrían historias que, en manos de otro escritor, serían mucho más pesimistas.
La imaginación, algo embrollada y exuberante, es otra de sus notas distintivas. De un cuento a otro el salto es, a veces, enorme, tanto en el tipo de historias como en el abanico de técnicas desplegadas a lo largo de esta antología. A diferencia de tantos escritores del siglo XIX, Machado de Assis no se limita a utilizar el clásico punto de vista realista. Algunos cuentos suyos disparatan alrededor de una teoria extravagante sobre el alma. En otros puede imitar el estilo bíblico o el de las crónicas renacentistas, contar una historia a partir de una charla de café o de un testamento estrafalario. La acumulación de lecturas de la que hace gala en muchas narraciones revela, además, una singular preocupación cosmopolita que sólo se advierte en ciertos países periféricos. Como el argentino Borges, Machado de Assis se siente deudor de toda la tradición cultural occidental, a la vez que habla de cosas puramente locales.
Divertido y filosófico, erudito y vitalísimo, el universo de Machado de Assis deslumbra por su inventiva: lo mismo capta un detalle de la buena sociedad fluminense que se nos aparece con una historia reveladora de la inteligencia superior de las arañas. La ensoñación y la locura son temas que entran y salen de las cabezas de sus personajes, algunos completamente sumidos en sus quimeras y otros cuya única obsesión es escapar de la mediocridad mediante las ilusiones.
Susan Sontag consideraba a Machado de Assis uno de los mejores escritores de todo el siglo XIX y el mayor de toda Iberoamérica. Quién sabe que hubiera sido de la fama de este autor si, en vez de nacer brasileño, hubiera sido francés, inglés o ruso. La obra de este contemporáneo de Dickens, Flaubert o Chejov asombra por su actualidad sin que desmerezca de los grandes nombres citados.

(J.M. Machado de Assis: Cuentos de madurez, Valencia, Pre-textos, 2011).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Nélida Piñón: Aprendiz de Homero

 Los libros de ensayo firmados por escritores debieran tener, al menos, una doble virtud. De un lado, tendrían que mostrarnos sus juicios sobre otros libros y autores. Cuando su conocimiento es inteligente y está bien expuesto, como sucede, por ejemplo, con Mario Vargas Llosa, Octavio Paz o Pedro Salinas, la experiencia vale la pena. Pero, además, por otra parte, esas mismas opiniones debieran servir para conocer mejor el mundo literario de los propios creadores. En este sentido, quizá sí pueda ser útil la lectura del libro de la multipremiada escritora brasileña.
Aprendiz de Homero reúne un conjunto de ensayos de variado origen, en donde la autora repasa sus gustos literarios, expresa algunas reflexiones acerca del acto de escribir y desarrolla algunas inquietudes teológicas y políticas que la han acompañado a lo largo de su vida. En los artículos dedicados a sus lecturas, llama la atención su preferencia por los clásicos: Homero, Cervantes, las Mil y Una noches, Machado de Assís, García Márquez, etc. Sin embargo, la exposición es farragosa y sus ideas, convencionales. La autora salta de una opinión a otra con la misma facilidad con que cambia de párrafo a otro sin ilación alguna. Y la lectura de cualquiera de los ensayos dedicados a los grandes autores no depara ninguna idea coherente u original, sino más bien un torrente confuso de metáforas y ocurrencias en donde, de vez en cuando, se atisba algún lugar común. Así, por ejemplo, del carácter de don Quijote aprendemos que ama a una mujer ideal, no carnal, o de Sancho que su corporeidad se enfrenta al idealismo de su señor.
El centrifugado de ideas recibidas continúa en aquellos otros ensayos en los que la autora se dedica a exponer lo que piensa acerca de la escritura: que si ésta es un ejercicio de conocimiento, que si la literatura brota de todas las épocas, que si es una práctica de tolerancia… El problema de los tópicos, a veces, es que muchos de ellos se contradicen, como cuando decimos que el deporte es lo mejor para la salud y en otra ocasión aseguramos que no lo es. Las dos frases son lugares comunes. En Nélida Piñón sucede igual: su atracción por los tópicos es tan flagrante que al principio de un párrafo afirma: “Hace mucho tiempo que sé que la escritura no salva al escritor” y doce líneas después concluye que la literatura tiene por misión “salvar, en fin, los seres trágicos que somos” (págs. 69-70).
Menos intrincados, aunque no por ello menos políticamente correctos, son los artículos sobre temas extraliterarios. En aquellos que toca asuntos bíblicos, demuestra tanto su fuerte sensibilidad feminista como su escasa información teológica y hermenéutica. En general, su erudición no pasa de discreta, como cuando confunde una cita de Quevedo con una de Calderón o se olvida de tantas mujeres del Antiguo Testamento que no se corresponden con el arquetipo que ella señala en Sara.
Una última observación sobre este libro que añade poco a una escritora muy reconocida en su país y que ha obtenido toda clase de galardones fuera de él. Se trata de un conjunto de ensayos de procedencia heterogénea. Aunque Nélida Piñón no lo declare en ningún momento, algunos capítulos son discursos en la entrega de algún premio y otros sencillamente nacen de una mera efusión amistosa, como el que dedica a Carlos Fuentes, en donde, de pasada, la autora recuerda que ella disfrutó de una beca en Estados Unidos concedida a “futuros líderes de América Latina” (sic). 
Nélida Piñón: Aprendiz de Homero, Madrid, Alfaguara, 2008, 304 págs. Publicado en Aceprensa.