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jueves, 12 de enero de 2012

Enrique Krauze: Redentores. Ideas y poder en América Latina


.El autor de este libro es quizá uno de los nombres mayores del ensayo hispanoamericano actual. Historiador de conocida trayectoria, entre sus muchos libros se encuentran piezas maestras del género biográfico, como su monumental Biografía del poder, que recorre la trayectoria de los principales prohombres de México desde la Independencia hasta los últimos presidentes del PRI. Una estructura semejante ha guiado esta última entrega suya, en la que desarrolla los hechos e ideas de figuras relevantes del pensamiento y la acción política en Hispanoamérica a lo largo del pasado siglo.
La primera parte del libro esboza cuatro retratos imprescindibles de intelectuales de principios del siglo XX: Martí, Rodó, Vasconcelos y Mariátegui. Se trata de cuatro figuras colosales, cada una a su manera, que representan el papel singular del letrado en la escena pública hispanoamericana. El análisis que aporta Krauze no es demasiado original en ninguno de los casos, pero salta a la vista su capacidad narrativa y su conocimiento profundo de la obra de alguno de ellos, como José Vasconcelos. Las semblanzas posteriores abren el campo de observación a hombres y mujeres de acción, frente a los intelectuales, aunque a veces se confundan los planos, como es el caso del Che Guevara. La lista que promete Krauze es tan sugerente como variada. Además del mentado icono de la Revolución, están Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Eva Perón, Mario Vargas Llosa, Hugo Chávez, Samuel Ramos y el Subcomandante Marcos. Llama la atención la desigualdad de trato entre uno y otro. No me refiero a la inevitable y necesaria parcialidad del ensayista. Los personajes más amables desde su óptica son aquellos que, como Paz o Vargas Llosa, se sienten de vuelta de ideales que sólo conducen a la violencia y la falta de libertades. El problema reside, más bien, en la irregularidad de tonos y espacios. Así, a la amplísima y amistosa biografía de Paz –maestro de Krauze, no lo olvidemos-, le sigue otra demasiado breve de Evita. Una figura así de incómoda, contradictoria y egolátrica, merecía mucho más. Lo mismo se puede decir del capítulo de Chávez: más que una biografía es una diatriba política.
Para Krauze los anhelos redentores de líderes e intelectuales son, en general, nefastos para las naciones que pretenden salvar. Su ideario neoliberal, basado en pensadores como Berlin o Popper, le lleva a desconfiar de las utopías revolucionarias, aunque lamentablemente su discurso no termina de armarse de forma consistente. Las biografías, en muchos casos apasionantes, son demasiado dispersas como para poder seguir un hilo argumentativo común. El epílogo, poco más de diez apretadas páginas, esboza unas conclusiones que requerirían mayor análisis. Atribuir, por ejemplo, al catolicismo de la época colonial la raíz de estos redentorismos intransigentes no deja de ser una lectura simplificadora de Max Weber. También ha habido salvapatrias en otras culturas con un background muy distinto, incluso en regiones protestantes. El nazismo hitleriano prendió mejor en la Prusia luterana que en la Baviera o la Austria católicas. El continuo rebrotar de esa semilla seudomesiánica hubiera requerido de un análisis más demorado y complejo. Pero, en cualquier caso, he aquí un libro que presentará a muchos lectores una galería atractiva de un grupo de figuras esenciales de la historia hispanoamericana del siglo XX.

Enrique Krauze: Redentores. Ideas y poder en América Latina, Barcelona, Debate, 2011, 582 págs
(publicado en Aceprensa)

lunes, 28 de marzo de 2011

P.D. James: Todo lo que sé sobre novela negra

Siempre he tenido debilidad por las novelas policíacas de P.D. James. Por eso me atrajo este librito en el que esperaba encontrar lo que me atrajo de esa viejecita de 90 años que escribe sobre crímenes terribles con elegancia, ironía, sensatez y realismo. Todo eso está en el ensayo y, sin embargo, da la impresión de que P.D. James, a pesar de toda su sabiduría de contadora de historias, no sabe tanto. En realidad, se trata de un libro muy british, para bien y para mal. Tiene sugerencias muy interesantes, incluso divertidas, desde el punto del escritor. Pero falla en la información mínima. No soy ningún experto en novela policíaca, pero el problema es fácil de detectar:  para P.D. James el género mal llamado negro se reduce a Gran Bretaña. De hecho, sitúa su comienzo histórico allí y no en la literatura norteamericana con Edgar Allan Poe., como suele hacerse. Sólo graciosamente dedica un capítulo a los primos yanquis del hard-boiled, Hammet y Chandler (y punto: nadie más). A falta de tres páginas del final se acuerda de Simenon al que dedica un apresurado puñado de elogios y se acabó. Entre los novelistas actuales, no le convence Mankell (ahí coincidimos), pero no parece tener noticia de la existencia de Stieg Larsson ni del resto de la moda escandinava. Poco después se asombra de que en la Inglaterra actual empiecen a aparecer traducciones de otros países exóticos en materia policial: Francia, Italia, Rusia, etc. Por supuesto comparto su admiración por los buenos escritores ingleses. Wilkie Collins, por ejemplo. De éste comenta lo siguiente: "Que yo sepa, ningún otro novelista ha intentado copiar -y no digamos imitar- a Wilkie Collins, aunque sería interesante que alguien se atreviera a hacerlo" (138). Cuánto me gustaría mandarle a Mrs. James un ejemplar de la espléndida Rosaura a las diez del argentino Marco Denevi.