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lunes, 27 de febrero de 2012

Clara Obligado: El libro de los viajes equivocados


El viaje como metáfora del paso del ser humano por la tierra: este es el primer hilo que nos conduce de un cuento a otro por un recorrido tan variado como imaginativo. Clara Obligado, escritora de frontera entre España y Argentina, ha escrito un libro sobre el azar, la fugacidad y el desasosiego; libro surcado por toda clase de itinerarios: peregrinaciones de seres humanos o de animales prehistóricos, traslados libres o forzosos en trenes sin destino preciso, desplazamientos en taxis urbanos, travesías de emigrantes, caminatas por la playa, y ese viaje final para todos nosotros que es la muerte. No concede respiro al lector tanto movimiento: la indefensión de los personajes ante una realidad tan ligera es la misma que se puede sentir ante un suelo que tiembla bajo nuestros pies. 
El otro hilo con el que podemos comprender el dibujo complejo de este libro es el de la espiral. Como la autora indica en unas palabras preliminares y en el caligrama con que se cierra el volumen, la forma de la espiral representa la sofisticada arquitectura que entrelaza todas las historias. Una unidad secreta se descubre en las repeticiones de escenas, palabras, imágenes, personajes a lo largo del relato. Esa chica pelirroja que se va en el tren con el que comienza "El silencio", puede (o no) ser la protagonista de "Albania"; aquellos viejos que la pareja de Madison ve en Buenos Aires son los emigrantes polacos de otro cuento; la estación de tren de Angulema, una playa de Normandía, el mamut ahogado en Siberia, una misteriosa muchacha llamada Lyuba, son otras tantas presencias que aparecen y desaparecen en cuentos en apariencia muy distintos entre sí.
¿Qué hay detrás de tanta variedad de escenas y personajes? ¿Sólo un juego ingenioso de ecos y circularidades? Me parece que no. En la primera página vemos a Lyuba tumbada al sol en la playa. Una caracola le pincha en la espalda. Líneas más abajo la cámara enfoca su ombligo. Con estas dos imágenes se nos señalan muchas cosas: la estructura del libro, por supuesto, que discurre como la forma de la caracola y  el ombligo. Pero también el aspecto circular y repetitivo del tiempo; y aún más, ese carácter central, de omphalos, del ombligo femenino, origen simbólico de la vida. ¿La Mujer como centro del mundo? Pues quizá...



Clara Obligado: El libro de los viajes equivocados, Madrid, Páginas de espuma, 2011.

viernes, 1 de abril de 2011

Varios: La joven guardia. Nueva literatura argentina


 La literatura argentina se ganó el pasado siglo un merecido prestigio gracias los nombres de Borges, Cortázar, Macedonio Fernández, Marechal, Puig, Alejandra Pizarnik Roberto Arlt, Girondo, Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo, Sábato y tantos otros. Con un título un poco abusivo la antología se presenta “la nueva literatura argentina”, si bien es cierto que no se selecciona en ella ni a novelistas, ni a poetas ni dramaturgos. Son sólo cuentistas. Los veintitrés nombres tienen menos de cuarenta años y ya cuentan con una carrera de cierto peso en su país. Todos ellos son poco o nada conocidos en España, salvo Andrés Neuman, Gonzalo Garcés y, quizá, Washington Cucurto. Sólo por esta razón vale la pena prestar atención a un libro de estas características.
Sospecho que si existe algo en común en estos escritores jóvenes es su indiferencia, más o menos velada, a los grandes temas de sus antecesores. La dictadura y las represiones han dejado de interesar, igual que el drama de las Malvinas. Todos proceden de la Argentina del postmenemismo, escéptica y empobrecida. Por eso quizá una de las huellas más notables en varios de ellos sea César Aira, con su voluntaria superficialidad y su estilo desaliñado. Faltan, por estas mismas razones, cuentos que sobrecojan por su fuerza dramática o imaginativa, o que deslumbren por la calidad de su prosa. Uno de los relatos, “Diario de un joven escritor argentino” de Juan Terranova, ofrece un retrato robot de muchos de estos autores, sometidos a la frustración de una sociedad materialista de la que, no obstante, el propio protagonista forma parte sin que eso le suponga ninguna tragedia existencial. La historia deambula entre la vida gris del escritor: su vida familiar, sus ambiciones reprimidas y sus gustos intelectuales, que van del boxeo televisado a los libros sobre la segunda guerra mundial. Hoy en día algunos llaman “pensamiento débil” a actitudes como ésta.
En el prólogo se habla de la “destreza extraordinaria” de estos narradores. Hombre, no tanto. Lo malo de este tipo de afirmaciones es que son casi obligatorias en el género de la antología y nada dicen hasta que el lector no se ve confrontado con los textos mismos. ¿Realmente hay una “literatura” (léase: cuentística) joven en la Argentina tan maravillosa? Repasados los textos uno por uno, me parece difícil sostenerlo. Algunos narradores conocen sobradamente su oficio y escriben con talento (Neuman, por ejemplo); pero otros necesitan más de un hervor. El tono general es, me temo, de bisoñez. Aun así, no hay por qué escandalizarse: Borges escribió sus mejores relatos entre los 44 años y los 49 años. 


Varios: La joven guardia. Nueva literatura argentina, selección de Maximiliano Tomás, Barcelona, Verticales de bolsillo, 2009, 241 págs.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tobias Wolff: Aquí empieza nuestra historia


Aquí se reúnen por primera vez los cuentos casi completos de uno de los narradores norteamericanos mayores de nuestra época. Tobias Wolff pertenece a la larga estirpe de John Cheever, Raymond Carver, Flannery O’ Connor, Carson Mac Cullers y tantos otros escritores de relatos secos y eficaces, con un sello inconfundible: puro sabor a los U.S.A. Al igual que su contemporáneo Cormac Mac Carthy, Wolff trata conflictos morales a partir de unas historias contadas en un estilo descarnado. Sin embargo, carece de la violencia del autor de No es país para viejos y es más elíptico, menos evidente. Sus personajes, solitarios y soñadores, muchos de ellos mentirosos compulsivos, suelen enfrentarse a circunstancias cotidianas que, de pronto, revelan un  sentido extraordinario.
Los narradores de verdad  tratan a sus lectores como personas inteligentes. Wolff actúa así. A veces un cuento suyo se inicia con un tono objetivo que hay que descifrar con ironía, porque un personaje se retrata con unas pocas palabras: “Mi madre leía de todo excepto libros. Anuncios de autobuses, la carta entera de los restaurantes, vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró una carta en mi cajón que no iba dirigida a ella, la leyó. ¿Qué importa, si James no tiene nada que ocultar, fue lo que pensó”. Luego la acción discurre sin aparente rumbo fijo y termina precipitándose en un final elocuente pero nunca fácil ni rotundo. Es raro que la historia acabe trágicamente. La muerte o la desgracia son recursos demasiado obvios. Más bien todo acaba sin acabar, de una forma oblicua y sugerente, como esa escena en la que una discusión conyugal concluye con la habitación a oscuras: el marido espera a su mujer y siente de pronto que alguien, un extraño, se mueve cerca de él.
Alguna vez le preguntaron en España a Tobias Wolff cuánto se metía en la conciencia de sus personajes. “¿Conciencia? Eso son cosas de europeos”, respondió. La respuesta era un poco gallega, porque el escritor se salía por la tangente. Es verdad que él, como narrador, nunca se introduce en conciencias ajenas, pero eso es porque no le hace falta. Sus cuentos nos enseñan a ver lo que está dentro de las personas sin trampa ni cartón: sólo basta una mirada atenta.

Tobias Wolff: Aquí empieza nuestra historia, trad. Mariano Antolín Rato, Madrid, Alfaguara, 2009.