jueves, 20 de enero de 2011

Joseph Roth: Job

El gran escritor centroeuropeo Joseph Roth (1894-1939), judío, de padre austríaco y madre rusa, apátrida y convertido al catolicismo en la madurez, llevó una vida errante que hizo honor a sus orígenes y reflejó en una obra atribulada, propia de tantos intelectuales desorientados ante lo que consideraban el derrumbe de su civilización. Los personajes de Roth, sometidos siempre a una fuga de sí mismos y de los demás, buscan sin cesar unas raíces con las que cimentar un sentido a su vida. La marcha Radetzky, La cripta de los capuchinos, La noche mil uno, etc. son algunos de los títulos en donde plasmó el sentimiento de indefensión ante un mundo en perpetuo cambio. Roth vivió dramáticamente el hundimiento del imperio austrohúngaro, la revolución rusa y la crisis social y económica que condujo a Alemania al nazismo.
A diferencia de otros grandes contemporáneos como Broch, Musil o Kafka, Roth no escribe de forma abstracta ni recurre a la alegoría fantástica para expresar sus inquietudes. El terreno en el que se mueve es quizá menos complejo, pero más próximo al lector común. Con una escritura dotada para el detalle concreto, la habilidad para transmitir situaciones o una trama ingeniosamente trabada, Roth es un escritor ameno que sabe transmitir el pathos necesario a sus libros. A él le interesa por encima de todo contar historias, de las que se deduzca, por la propia fuerza de la narración, un mensaje válido para entender mejor el mundo.
En el caso que nos ocupa, la revisión de un relato de alcance universal, se sigue la historia de una familia judía de Europa oriental que emigra a los Estados Unidos después de sufrir desdichas sin número. La saga del justo sobre el que se abaten toda clase de penurias e infortunios es reciclada en esta historia trágica, en la que el pater familias, Mendel Singer, hombre piadoso y bueno, acaba rebelándose contra su Dios en una escena sobrecogedora. Es un moderno Job, sin duda, pero sus desdichas nunca serán infinitas. En una tierra que no es la suya, en medio de una sociedad norteamericana que no comprende, el protagonista encontrará la paz. Y así, como también sucede en otros libros del autor (recuérdese el maravilloso La leyenda del santo bebedor) un final sorprendente pone de manifiesto la misericordia divina.

Joseph Roth: Job, Barcelona, El acantilado, 2007.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nikolai Leskov: El peregrino encantado

Una comitiva de viajeros se encuentra en las afueras de san Petersburgo con un extraño peregrino. Enseguida traban conversación y el individuo se anima a contarles su vida, tan vasta y extraordinaria que ocupa toda esta novela fascinante y singular. Su autor, Nikolái Leskov, es un clásico escondido de la gran literatura rusa del siglo XIX. Admirado por Thomas Mann, Maximo Gorki o Walter Benjamin, su obra apenas ha sido conocida en España. Y, sin embargo, resiste bien la comparación con la de los grandes: Tolstoy, Dostoievsky, Turgueniev o Chéjov. Más aún, quizá ninguno de ellos ha estado tan cerca del alma rusa como Leskov, quizá porque trató siempre de dar la palabra a los individuos que pudo conocer entre pueblos y estepas, mientras ejerció a lo largo de años su profesión de viajante. El gigantón Iván, El peregrino encantado, es un prototipo del hombre bueno y al mismo tiempo brutal que puebla los libros de Leskov. Por eso esta obra, que rezuma oralidad por todos lados, está compuesta por cientos de anécdotas tan fantásticas –algunas con un aire picaresco-, que resulta imposible que le hayan sucedido a una única persona en su vida. De niño Iván mata a un monje por culpa de una gamberrada, luego salva a otras personas arriesgando su propia vida, escapa de la finca donde trabaja y trabaja de tratante de caballos, lo secuestran los tártaros, vive experiencias asombrosas con ellos durante diez años, regresa a Rusia, se enamora de una gitana, acaba mal de nuevo, se alista en el ejército y se convierte en héroe de guerra, malvive como un mendigo… ¿Es eso todo? No, sólo una parte muy pequeña de todo lo que le ocurre o de lo que llega a ver en el resto de los personajes que trata. En efecto, el protagonista quiere ser una síntesis de esa amalgama de religiosidad, violencia, curiosidad y humor disparatado que conformarían el carácter del hombre ruso. Alguno dirá que es inverosímil encontrar personas como Iván, pero a Leskov la verosimilitud no le importaba, acaso porque sabía que la realidad puede llegar a  ser  más increíble que la ficción.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Philip Kerr: Berlin noir

Este verano descubrí las novelas de Philip Kerr. Hoy he acabado la última de las seis entregas traducidas de la serie Berlin noir y, de propina, El infierno digital.
Las seis novelas de Berlin noir son un remake a lo nazi de los clásicos del género negro, Hammet y Chandler en particular (y, a partir de la tercera entrega, también hay algo de la novela de espías a lo John Le Carré). El protagonista, Bernie Gunther, es un Marlowe resucitado y puesto en medio del Berlín de entreguerras. Hay que reconocer que Philip Kerr ha sabido construir un magnífico pastiche, sobre todo en sus dos primeras y apasionantes entregas, Violetas de marzo y Pálido criminal. La trama -doble o triple trama más bien-, se enreda, pero nunca llega a los extremos ininteligibles de Chandler. La ambientación histórica es espectacular. Resultan memorables, por ejemplo, los encuentros del protagonista con distintos jerarcas nazis: Heydrich, Himmler o Goering (éste último, acariciando un cachorro de tigre mientras habla con Guther en su casa). Y lo mejor, al menos para mí, es la capacidad de síntesis en los retratos de los personajes y el sentido del humor de Gunther, que ganaría cualquier campeonato mundial del sarcasmo.
Hasta aquí, todo muy bien. Pero Kerr, a fin de cuentas, quiere entretener y, aunque uno envidie su capacidad de hacerlo, no cabe duda de que, como todo autor comercial, tiene que pagar ciertos peajes. El más evidente de ellos es el deseo de sorpresa a toda costa, que en el fondo no es sino una reedición de los viejos trucos folletinescos. Así, en los primeros libros, cuando Gunther está todavía en edad de merecer, Kerr regala al lector con un par de escenas guarrillas bastante obvias. Luego está la búsqueda de escenas de un barroquismo macabro: la primera vez impresiona. Pero en el tercer libro los nazis meten a una chica judía en una máquina de prensar uva delante de Gunther para que éste cante sus secretos. Cuando al final la dejan hecha moscatel, uno piensa: "Amigo Philip, hasta aquí hemos llegado".
Normalmente el género policial me interesa con la misma pasión con que lo termino abandonando por una temporada. Salvo Simenon y alguno más, pocos autores me aguantan más de dos títulos; enseguida me parece que se repiten para mal y no vuelvo a ellos. En el caso de Kerr, a la séptima novela ha sido la vencida y de momento, no creo que me queden ganas de entrarle a otra de las suyas. Aunque, pensándolo bien, después de todo, no es mal promedio.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nicanor Parra: Parranda larga


A estas alturas puede parecer casi inverosímil que Nicanor Parra todavía no haya obtenido el premio Cervantes. Si, para la consecución del galardón, se tomase en consideración la influencia que los candidatos han tenido en la literatura posterior en castellano, pocos autores podrían alardear de un currículum mejor que el del antipoeta chileno. Pero, en realidad, el olvido de los jurados cervantinos es muy comprensible. Puestos a buscar una explicación, es muy probable que la irreverencia absoluta de Parra haya repugnado a los sucesivos responsables de un premio que, a fin de cuentas, tiene una trayectoria algo solemne y académica. Nada menos afín al autor de Poemas y antipoemas que la seriedad y, si su obra sigue disgustando (o no gustando lo suficiente) en ciertos sectores, es que todavía esconde la carga gamberra y explosiva que quiso para ella su creador hace más de sesenta años.
Esta antología recoge poemas desde la prehistoria literaria del poeta chileno hasta los Discursos de sobremesa (2006). Es especialmente interesante, además, la inclusión de dos textos en prosa, uno de ellos el discurso de bienvenida a Pablo Neruda. El poeta chileno siempre demostró una gran ambigüedad en su relación con Neruda. De un lado está la admiración ilimitada que destila el texto en prosa: “Para algunos lectores exigentes, el Canto general es una obra dispareja. La cordillera de los Andes es una obra dispareja, señores lectores exigentes”, sostiene Parra. Pero de otro lado tenemos el humorismo parriano que no perdona a las vacas sagradas de su país, incluido el autor de Residencia en la tierra. El lector que transite atentamente por su poesía, se percatará de las burlas que padece Neruda, o todo lo que él llegó a representar (Ellos, nuestros abuelos inmediatos/ Unos pocos se hicieron comunistas/ Yo no sé si lo fueron realmente/ Supongamos que fueron comunistas/ Lo que sé es una cosa:/ Que no fueron poetas populares/ Fueron unos reverendos poetas burgueses”). Parra es el primer poeta chileno consciente de pertenecer a una tradición poética importante. Antes que él tiene a Mistral, Neruda y Huidobro. La herencia de semejantes padres literarios –la angustia de su influencia- tiene que notarse y, para deshacerse del peso, no parece quedar otro remedio que el camino de la irreverencia:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne
Hasta que vine yo
Y me instalé en mi montaña rusa.

La selección, como decíamos, es muy extensa y cubre toda la producción del autor. Por supuesto, el fundamental Poemas y antipoemas (1954) aparece sobradamente representado con sus piezas más conocidas. En cambio, a la obra de juventud, todavía deudora de influencias lorquianas, le queda poco margen. Otras zonas poco difundidas de la obra de Parra, sí obtienen más espacio. Así, el lector tiene la oportunidad de disfrutar de los Artefactos, experimentos poético-visuales de gran fuerza humorística. Y lo mismo ocurre con la interesante reivindicación de Huidobro en sus últimos poemas de Discursos de sobremesa. Sin duda Parra es mejor crítico cuando habla de poesía en sus antiversos que cuando se ve forzado a hacerlo en prosa.
En el contexto de cierta sociedad chilena, tan propicia a la rigidez, las provocaciones de Parra no pasaron desapercibidas y lo convirtieron en un icono del inconformismo total. Su deconstrucción sistemática de toda clase de ideologías y religiones lleva a pensar si le queda algo en qué poner su confianza, algo en qué creer Tal vez en los últimos años Parra se ha abocado en serio a la defensa de la naturaleza en peligro. Pero no nos engañemos: el ecologismo parriano se alimenta de una creencia tan sólida como negativa: la fe completa en la estupidez del hombre, acaso una de las pocas y precarias ideas que nunca ha discutido el poeta chileno. En efecto: una especie ruinosa del relativismo posmoderno impregna su mensaje. Atravesamos unos tiempos calamitosos/imposible hablar sin incurrir en delito de contradicción. Para no caer en una desesperación tan absoluta como su propio escepticismo, Parra se disfraza en sus poemas de loco, bufón o payaso y se ríe de todo: del psicoanálisis, del marxismo, del cristianismo, del capitalismo liberal, de la familia, de la sociedad, de las mujeres, de la infancia, y, por supuesto, de sí mismo y de la literatura. No hay, en ese afán antiliterario que le caracteriza, nada tan literario, nada tan exquisito y, a la vez, pasado de vueltas, como la antipoesía de Nicanor Parra.

(Nicanor Parra: Parranda larga, sel. de Elvio Gandolfo, Madrid, Alfaguara, 2010)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tobias Wolff: Aquí empieza nuestra historia


Aquí se reúnen por primera vez los cuentos casi completos de uno de los narradores norteamericanos mayores de nuestra época. Tobias Wolff pertenece a la larga estirpe de John Cheever, Raymond Carver, Flannery O’ Connor, Carson Mac Cullers y tantos otros escritores de relatos secos y eficaces, con un sello inconfundible: puro sabor a los U.S.A. Al igual que su contemporáneo Cormac Mac Carthy, Wolff trata conflictos morales a partir de unas historias contadas en un estilo descarnado. Sin embargo, carece de la violencia del autor de No es país para viejos y es más elíptico, menos evidente. Sus personajes, solitarios y soñadores, muchos de ellos mentirosos compulsivos, suelen enfrentarse a circunstancias cotidianas que, de pronto, revelan un  sentido extraordinario.
Los narradores de verdad  tratan a sus lectores como personas inteligentes. Wolff actúa así. A veces un cuento suyo se inicia con un tono objetivo que hay que descifrar con ironía, porque un personaje se retrata con unas pocas palabras: “Mi madre leía de todo excepto libros. Anuncios de autobuses, la carta entera de los restaurantes, vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró una carta en mi cajón que no iba dirigida a ella, la leyó. ¿Qué importa, si James no tiene nada que ocultar, fue lo que pensó”. Luego la acción discurre sin aparente rumbo fijo y termina precipitándose en un final elocuente pero nunca fácil ni rotundo. Es raro que la historia acabe trágicamente. La muerte o la desgracia son recursos demasiado obvios. Más bien todo acaba sin acabar, de una forma oblicua y sugerente, como esa escena en la que una discusión conyugal concluye con la habitación a oscuras: el marido espera a su mujer y siente de pronto que alguien, un extraño, se mueve cerca de él.
Alguna vez le preguntaron en España a Tobias Wolff cuánto se metía en la conciencia de sus personajes. “¿Conciencia? Eso son cosas de europeos”, respondió. La respuesta era un poco gallega, porque el escritor se salía por la tangente. Es verdad que él, como narrador, nunca se introduce en conciencias ajenas, pero eso es porque no le hace falta. Sus cuentos nos enseñan a ver lo que está dentro de las personas sin trampa ni cartón: sólo basta una mirada atenta.

Tobias Wolff: Aquí empieza nuestra historia, trad. Mariano Antolín Rato, Madrid, Alfaguara, 2009. 

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mario Vargas Llosa: El sueño del celta

 La última novela de Vargas Llosa ha provocado unas expectativas espectaculares, como demuestran los cincuenta mil de ejemplares vendidos en la primera semana de difusión. Al paso que va, es probable que sea la de mayor impacto comercial dentro de la prolífica trayectoria del escritor peruano. Además, como un Nobel de literatura no se concede todos los días, muchos lectores hasta ahora reticentes o desinteresados se verán abocados a la compra de este libro que, una vez más, tiene el sello personal de su creador.
¿Cuál es, pues, ese timbre distintivo, ese “toque” Vargas Llosa? Para empezar, la sobreabundante documentación que avala la historia: viajes al Congo e Irlanda, multitud de libros, artículos e informes leídos, entrevistas y consultas a expertos sobre el tema que se ha de novelar. Después vienen algunas técnicas narrativas probadas en tantísimas novelas suyas: el dato escondido (revelado muy pronto esta vez, por cierto), las historias en paralelo, la sobriedad estilística, etc. Por último, algunos “demonios” obsesivos: la rígida autoridad paterna, la denuncia del autoritarismo, la truculencia sexual, la escritura como desahogo. Realismo externo y brillantez argumental con algunos toques de folletín: ésa es la fórmula que ha condimentado de manera muy consciente con una técnica heredada de múltiples maestros, tanto de la alta literatura como de la cultura popular: desde Flaubert o Faulkner hasta Corín Tellado o las series de radioteatro de su tierra. Las complejidades de la vida interior cuentan poco; la imaginación mítica o la literatura fantástica, menos. Lo que le interesa son los argumentos cargados de golpes de efecto, los enredos violentos y los descubrimientos, casi siempre trágicos y morbosos. No quiere decir esto que el peruano no sea capaz de crear personajes. Sus novelas mejores están pobladas de villanos inolvidables, como el siniestro Cayo Bermúdez de Conversación en la catedral, o el diabólico dictador Trujillo de La fiesta del chivo.
En apariencia, Vargas Llosa ha compuesto su último libro con los mismos materiales que lo han consagrado por todo el mundo. Todo apuntaría a una repetición de esos puntos fuertes como narrador que ya he señalado. Sin embargo, no sólo esta novela es –creo- menos brillante desde el punto de vista estilístico, sino que el resultado de ahora aburre, decepciona, no alcanza las metas que se propone. Sin duda, está lejos del nivel alcanzado en La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo y, en cambio, está más próxima a otras obras fallidas. Tratemos de explicar por qué a partir de una breve sinopsis de algunos elementos de la trama.
La acción sigue la vida de un personaje real, Roger Casement, héroe maldito de la independencia de Irlanda. Todo sucede entre 1903, fecha de la llegada al Congo del protagonista, y 1916, año en el que muere ahorcado por traidor a Inglaterra. En este período la novela da cuenta de los pasos del héroe, uno de los primeros europeos en denunciar la barbarie colonial en África. Sobrecogido por la violencia del régimen esclavista de las autoridades belgas, que disfrazaron su codicia bajo la bandera hipócrita del progreso, Casement emitió un informe terrible que agitó la conciencia moral de su tiempo. Poco después, fue enviado por el gobierno de Su Majestad para investigar las atrocidades en la selva amazónica peruana cometidas por empleados de una sociedad cauchera británica. Un nuevo informe suyo sirvió para castigar a los responsables y lo proyectó socialmente, ya que obtuvo el título de Sir. Sin embargo, Casement, espíritu inquieto e idealista, se adhirió al movimiento independentista irlandés y, durante la Primera Guerra Mundial, fue acusado de traidor por conspirar junto a Alemania. La novela se abre justamente en los días anteriores a su ejecución. Así pues, la obra consta de tres partes bien diferenciadas según los espacios por donde transita el protagonista: África, Perú e Irlanda. Acaso la más viva e interesante de todas sea la peruana que, no por casualidad, es la que el autor conoce más de cerca.
Estos son los hechos históricos y los escenarios de los que Vargas Llosa se aparta muy poco. Y ésta justamente es la primera objeción grave que se le puede hacer a El sueño del celta. Al fijarse en su figura principal, casi como de una biografía novelada se tratase, todos los acontecimientos tienen a Roger como protagonista, mientras que el resto –absolutamente todos los personajes- actúa de comparsa. La consecuencia es que muchos capítulos son infinitas secuencias de entrevistas con tal o cual comisionado, o con este peón que vio una atrocidad, ese misionero abnegado o aquel militar destacado en la selva. Con abrumadora monotonía se repiten las referencias de viajes a lugares distintos y los previsibles gestos de asombro ante las atrocidades por parte de Casement, el cinismo de los implicados o la insistencia en el Mal intrínseco del corazón del ser humano. La acción no avanza realmente, ni se bifurca por caminos atractivos y sorprendentes, sino que no hace más que tocar las mismas teclas durante páginas y páginas siempre siguiendo un guión de denuncia histórica no exento de didactismo cultural. Por la misma razón, de vez en cuando, el texto cae en la tentación de explicar al lector quién fue Joseph Conrad (“Era un marino. Apenas se entendía su inglés, por su acento polaco tan fuerte (…) pero escribe de manera celestial, nos guste o no”) o por qué se produjo la expulsión de los jesuitas, con razones, por cierto, inexactas. Otros leit motive fatigosos son las expresiones de que “la salud del protagonista iba de mal en peor”, los recuerdos de la madre muerta tempranamente o las referencias al “diario negro” de Casement en donde, al parecer, contó sus experiencias de pederasta y homosexual.
Este último dato, que brinda tres o cuatro escenas de crudo naturalismo al lector, es casi el único en donde se entra en la intimidad del personaje. “Las mejores novelas son siempre las que agotan su materia, las que no dan una luz sobre la realidad, sino muchas”, ha afirmado alguna vez Vargas Llosa. Por eso, para proponer un lado de sombra en medio de un relato que, de otra forma, parecería el de una santidad laica, se ha subrayado la inclinación a la pederastia por parte de su personaje. Para Vargas Llosa la mayoría de las aventuras sexuales de Casement fueron inventadas por él, pero esto no hace sino aumentar la complejidad de un carácter que la novela –me parece-, no acaba de agotar ni mucho menos.  La explicación de su tendencia homosexual por una especie de complejo de Edipo resulta, como mínimo, simplificadora. Por lo mismo, es un tanto extraña la ausencia de remordimientos en un personaje tan imbuido de la moral de su tiempo.
Tampoco está claro el giro nacionalista de Casement, provocado en su madurez al conocer las atrocidades del Congo y Perú. Sin embargo, por muchos atropellos que cometieran los ingleses en Irlanda, es difícil pensar que Casement se convenciera de que las situaciones eran idénticas.
Acabo de señalar que la pederastia es “casi” el único dato íntimo de este aventurero volcado al exterior a lo largo de su vida. El otro punto de referencia es su inquietud religiosa, que se refleja en su vuelta a la religión católica en los momentos próximos a su muerte. Vargas Llosa no sólo se ha documentado sobre historia colonial, sino que ha tenido en cuenta algunos clásicos de la literatura espiritual como la Imitación de Cristo, texto que lee y relee Casement en la cárcel. En llamativo contraste con algunos libros canónicos del autor peruano, aquí aparecen numerosos eclesiásticos católicos –misioneros y confesores. Todos ellos reciben un tratamiento muy positivo; casi diríamos que constituyen la excepción moral al ambiente depravado que Roger encuentra en África y la selva peruana. Es posible que, de esta forma, se trate de explicar una de las causas de la conversión final (o el retorno a la fe, más bien) del protagonista. Por cierto, las páginas dedicadas a las últimas horas del condenado son intensas y dramáticas, acaso lo mejor del libro. Se entienden la seriedad del momento, los diálogos con los sacerdotes y con el verdugo, la atención a los pequeños detalles que tanto se echan en falta en otros momentos para dar más vida a la acción. Vargas Llosa aquí demuestra sus dotes de narrador clásico. Quien tuvo, retuvo. 

Mario Vargas Llosa: El sueño del celta, Barcelona, Alfaguara, 2010, 451 págs.
Publicado en Aceprensa.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Alfredo Bryce Echenique: Las infames obras de Pancho Marambio


La fábula del rey desnudo conviene, de una vez por todas, a la literatura del añorado autor de Un mundo para Julius. De momento todavía se sigue esperando una novedad que lleva décadas sin llegar: todos sus libros tienen la misma impronta, con mayores caídas si cabe. ¿Seguirá siempre por este mismo camino? Lo único seguro es que esta novela, como las otras anteriores, no ha sido un plagio de otros autores: Bryce se plagia a sí mismo, interminablemente.
El argumento tiene el sello típico de los libros publicados por Bryce desde hace  más de un cuarto de siglo. Un rico abogado limeño llega a Barcelona dispuesto a comprar una casa en donde vivir un retiro dorado tras décadas de trabajo fructífero. La adquisición parece fácil, pero todo empieza a fallar cuando encomienda la reforma de la vivienda a un arquitecto sin título, un tal Pancho Marambio. Al darse cuenta de que ha sido víctima de un chapucero, se da a la bebida. Normalmente suele haber motivos más fuertes para convertirse en borrachín, pero da igual. El protagonista entra en un proceso de autodestrucción de la que sólo sale al final sin que se sepa muy bien por qué. La novela no lo aclara, aunque también es cierto que antes ha dejado muchos cabos sueltos. No se sabe la razón de que el amigo “bueno” de Buenaventura (así se llama el nuevo antihéroe de Bryce) le haya recomendado al tal Pancho Marambio y, diez páginas más tarde, le diga que tenga cuidado con él. Tampoco se entiende por qué a mitad del libro llega su novia de juventud de no se sabe dónde, que luego se separen y que, por último, ella lo espere a la salida de la clínica de desintoxicación. Pero la mayor de las lagunas la compone el personaje principal, él mismo convertido en un mar de inexactitudes: al parecer, no tomado alcohol en toda su vida y, por culpa de un disgusto inmobiliario, se convierte en alcohólico irredimible (es que uno no se puede fiar de los gremios). En el libro se insiste en que hay un elemento genético, hereditario, pero no estoy seguro de que, después de cincuenta y tantos años de vida intachable, esto sea del todo verosímil. ¿De verdad que antes no había probado ni una gotita? Por cierto, tampoco sabemos de dónde ha sacado una fortuna tal nuestro amigo abogado ni por qué se habla tanto de su fuerte personalidad. Vale: por un momento, vamos a creernos que la traición de un amigo de quinta fila como Pancho lo conduce a un suicidio en vida. Pero lo increíble es que no haya probado la bebida antes, con la cantidad de problemas que padece una persona normal en medio siglo de existencia.
Una vez más hay que lamentar el progresivo deterioro de calidad de la producción literaria de Bryce Echenique. No sólo repite con autocomplacencia el mismo tipo de protagonista (a saber, varón culto, bondadoso, viajero, alcohólico, mujeriego y patético), sino que su prosa presenta síntomas de un nulo vuelo imaginativo. No hay un mínimo trabajo descriptivo y se desaprovechan situaciones como las que podría crear el personaje de Pancho, un pícaro casi fantasmal dado el poco juego que se le saca. El estilo se ha vuelto gramaticalmente incorrecto en demasiadas ocasiones y el autor incurre en comentarios de principiante: “El Callao, el puerto de la ciudad de Lima” dice en una ocasión. Es como si en la edición peruana se hubiera declarado que la Ciudad Condal es mejor conocida como Barcelona. Para qué seguir. En teoría el autor ha tratado de escribir un descenso a los infiernos, pero no llega a tanto: es el borrador de la bajada al purgatorio.

Alfredo Bryce Echenique: Las infames obras de Pancho Marambio, Barcelona, Planeta, 2007.