miércoles, 23 de marzo de 2011

Antonio Ungar: Tres ataúdes blancos


Galardonada con el último Premio Herralde, Tres ataúdes blancos cuenta la vertiginosa historia de un tipo antisocial, un “friki” aficionado al alcohol y a tocar el contrabajo, cuya vida solitaria se trastoca cuando el candidato a la presidencia de su país muere en un atentado terrorista. El parecido asombroso con el asesinado lleva a sus colaboradores a pedir -a obligar, más bien-. al protagonista a que haga el papel de la víctima. La muerte del candidato será ocultada mientras dure el proceso electoral.
A pesar de que el planteamiento no sea demasiado original, la novela arranca de forma brillante. El autor maneja con soltura registros y escenas. Al principio su relato deslumbra por varios motivos: la ingeniosa combinación de humor y tragedia, la rapidez con que se suceden los hechos o la descripción del ambiente desvencijado que rodea al personaje. Luego la tensión va desmayando y remontando a cada rato. Pasada la mitad, sobran, quizá, páginas que vuelven una y otra vez a los mismos temas. En cambio, quedan algunos cabos sueltos del enredo argumental. Tal vez por eso, de forma consciente, en la conclusión, construida sobre las cartas que la novia del protagonista escribe a su amado desde el exilio, se sugiere que faltan detalles para comprender toda la historia. En cualquier caso, como thriller clásico la novela no está completamente resuelta, aunque tenga momentos muy estimables.
Como era de prever si uno ha visto películas o leído historias similares, el actor va asumiendo la máscara de su personaje hasta que se convierte en un peligro para aquellos que habían puesto en funcionamiento la impostura. El candidato era, al parecer, un hombre íntegro dispuesto a barrer la corrupción que asolaba la república imaginaria en donde se sitúa la acción. Por eso el protagonista irá dejando su egoísmo y abriéndose a una nueva personalidad mucho más atractiva. Otras aventuras suyas siguen el mismo guión previsible:la enfermera que lo cuida se convierte en su amante. El final desencantado ante un sistema al parecer invencible tiene muchos ecos de las clásicas novelas de dictador, empezando por El señor presidente de Miguel Ángel Asturias.
A pesar de que la acción se ubica en un país sudamericano inventado, la república de Miranda, la mayor parte de las referencias apuntan a la Colombia natal de su autor. El barrio de la Esmeralda donde vive el protagonista, por ejemplo, se parece mucho a la Candelaria bogotana, y el ridículo presidente Del Pito recuerda por su apostura física a Álvaro Uribe.  Son claves que están detrás de esta novela que falla como thriller, acaso porque es, sobre todo, una sátira de la política colombiana y, por extensión, latinoamericana. 

Antonio Ungar: Tres ataúdes blancos, Barcelona, Anagrama, 2010,284 págs.

martes, 22 de marzo de 2011

Juan Gabriel Vásquez: El arte de la distorsión



 Hoy me he enterado de que le han dado el premio Alfaguara al escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Hace tiempo escribí una reseña sobre un libro suyo de ensayos que me gustó. la suelto acá por si a alguien le sirve de orientación sobre el flamante galardonado:


El nombre del colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es quizá uno de los más prestigiosos de la narrativa hispanoamericana reciente. Dotado de una sólida formación lectora, rápidamente comprobable en su obra de ficción, ahora saca a la luz una colección de ensayos dispersos sobre autores y obras que han llamado su atención. Vásquez no se aparta del modelo del escritor latinoamericano culto y cosmopolita, traductor y articulista de criterio firme. Es un ensayista analítico y razonador: hace desfilar sus afinidades y fobias literarias mediante una argumentación amena y rotunda. Tiene las buenas cualidades del ensayista clásico: cada artículo revela una voluntad de estilo sin estridencias, pero original y polémico. Así, se permite tutear a un gurú como Nabokov y ataca sus opiniones no menos controvertidas sobre Cervantes. El autor de Lolita había descalificado el Quijote como un libro cruel e indigno de la condición humana. Vásquez discute sus razones con la familiaridad de quien puede  burlarse de un escritor a quien en el fondo se admira: “si Nabokov saliera en este momento de su tumba suiza y viniera hasta aquí para preguntarme por qué pueden parecer graciosas las desgracias que sufren Sancho y don Quijote…”
El tono espontáneo no elimina el rigor. Los ensayos del libro, aunque no sean académicos, están respaldados por un buen caudal de lecturas. Ciertamente no todas las opiniones serán asumibles: uno no comparte, por ejemplo, el entusiasmo por la obra de Ricardo Piglia. Otra de las deudas más fuertes de Vásquez, la de Philip Roth, no me parece tan importante en el contexto de la literatura norteamericana actual. Pero estos juicios son tan personales como los del novelista colombiano.
El escritor crea sus precursores, según la conocida frase borgiana, o, al menos, hoy en día se interesa por indicar quiénes son sus maestros. Juan Gabriel Vásquez no tiene reparo en aclarar sus deudas literarias, y hasta existenciales, con dos narradores, V.S. Naipaul y Joseph Conrad, que escribieron toda su obra lejos de sus países de origen. Así sucede con el novelista colombiano, aunque habría que recordar que su caso no es tan extraño en un contexto como el de Hispanoamérica. Muchos otros han compartido su destino, y no siempre –como vulgarmente se cree-, por razones políticas. Sin ir más lejos, otro de los nombres homenajeados en este volumen, Julio Ramón Ribeyro, también vivió y escribió casi siempre fuera de su Perú natal.
Entre los mejores ensayos contenidos en este volumen, brillante por sus cualidades intrínsecamente literarias, están quizá el que da título al libro, la defensa del cuento como género literario en “Apología de las tortugas” o la reflexión sobre la reseña literaria, en la que destaca el altruísmo (ay) de quienes se dedican a ella, o esta frase que, para mí, es todo una síntesis de lo que debiera ser una recensión: “La mejor crítica de novedades hace sonar la alarma acerca de esos aspectos del libro que son de interés y que el lector corre el riesgo de perderse si alguien no se lo señala de antemano”.

Juan Gabriel Vásquez: El arte de la distorsión, Alfaguara, Madrid, 2009, 227 págs. 

martes, 8 de marzo de 2011

Edmundo Paz Soldán: Río fugitivo


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Río fugitivo es una novela generacional sobre las ilusiones y el desencanto de la generación que vivió su juventud en los años ochenta. Y así, aunque la acción transcurra en la ciudad boliviana de Cochabamba, pueden trasladarse muchos elementos de lo que allí se pinta a otras lugares, salvo si exceptuamos ese universo tercermundista que casi no se nombra en muchos momentos del libro, el de la miseria que rodea a los afortunados. Un grupo de muchachos de clase alta lleva una vida inconsciente y frívola mientras todos asisten regularmente a un colegio religioso, participan en reuniones sociales y viven sus primeros tanteos eróticos y amorosos. Las drogas, el alcohol y el sexo forman parte de ese mundo adolescente, recreado de manera magnífica a través de las alusiones a la cultura cinematográfica (Blade runner, sobre todo) y las canciones de Boy George, Men at Work o Queen. Como se puede suponer, el autor no oculta el carácter autobiográfico de la novela. De hecho, el protagonista y narrador es Roby, un muchacho obsesionado con escribir novelas policíacas. En sus ratos libres gana algunos pesos plagiando argumentos de sus libros favoritos y vendiendo sus cuentos a sus compañeros. Su talento imaginativo le confiere una cierta distancia con respecto a la sociedad que le rodea. Por eso, se inventa una ciudad utópica -“Río fugitivo” es su nombre- en donde transcurren todas sus ficciones. Poco o nada tiene que ver esa ciudad literaria con la Cochabamba real. Sin embargo, cuando la tragedia entre en la vida del protagonista, más o menos a la mitad de la novela, éste va dejando a un lado sus ensueños y empieza a madurar. Ahora tiene que enfrentarse con la cara menos amable de la sociedad en que vive y percibir sus carencias de forma más clara: el racismo, la violencia, el abandono familiar, la hipocresía moral. Además, con una mirada escéptica y dolorosa, el autor va mostrando las distintas reacciones de los personajes ante la muerte: tanto de quienes buscan el consuelo en la fe, como de aquellos otros que se desesperan ante un final que consideran definitivo, como es el caso del protagonista. En medio hacen su aparición algunos personajes secundarios con una fuerte personalidad, como el inspector Daza, brutal y entrañable al mismo tiempo, a mi modo de ver una de las mejores creaciones del libro.
Paz Soldán (Cochabamba, 1967) es uno de los narradores contemporáneos con mayor proyección en el panorama literario de Hispanoamérica. Dotado de un estilo cuidadoso y sugerente, no tiene ningún problema en reconocer sus deudas con la famosa generación del Boom. La filiación de Río fugitivo con La ciudad y los perros o Los cachorros de Vargas Llosa es muy obvia, aunque quizá el universo de Paz Soldán sea un poco menos sórdido o estridente. Las deudas del escritor boliviano con sus padres literarios no oscurecen su personalidad. Esta novela suya, corregida y revisada para su edición española, afirma hoy en día su puesto entre los narradores más interesantes del otro lado hispano del Atlántico. 

Edmundo Paz Soldán: Río fugitivo, Barcelona, Libros del asteroide, 2008, 354 págs

viernes, 25 de febrero de 2011

Irène Némirovski: Nieve en otoño


Otoño de 1914. Desde la primera página, cuando asistimos a la despedida del joven aristócrata ruso de su anciana nodriza, sabemos que la cosa va a terminar mal. Nos ayuda nuestro conocimiento de la historia, del Doctor Zhivago... y de ese caritativo texto de la contratapa que siempre nos cuenta tres cuartas partes del argumento.

Sin embargo, esta brevísima novela atrapa gracias a la maestría de su autora. Como su obra maestra, Suite francesa, es la crónica de la fuga de un conflicto y, al mismo tiempo, la huida de unos personajes víctimas de sí mismos. La frivolidad tiene una carga trágica. El lector sabe que la familia Karin, encantadora pero  irresponsable, nunca asumirá la pérdida de su casa rural -magníficas páginas dedicadas a su evocación- y que en el exilio poco a poco todos ellos se irán disolviendo en medio de la muchedumbre. La nodriza, con su fidelidad imbatible, simboliza la imposible asimilación de la vieja Rusia al nuevo medio que les espera. Y también, la encarnación de unos valores morales sobre los que se vierte una melancólica nostalgia.
Un reproche: es una novela quizá demasiado breve para argumento tan grande. Pero, de cualquier forma, uno admira la escritura moderna de Némirovski y esa capacidad para el detalle que se abre paso entre las palabras, a pesar de la diferencia de idiomas. Así se cuenta una batalla próxima a la casa abandonada de los Kurin: Pero el incendio nunca había estado tan cerca como aquella noche: el resplandor iluminaba el parque abandonado de tal modo que podían verse hasta las lilas del sendero principal, que habían florecido el día anterior. Engañados por la claridad, los pájaros volaban como en pleno día. Los perros aullaban. Luego, el viento cambió de dirección y se llevó el fragor del fuego y su olor. El viejo parque volvió a quedar a oscuras y en silencio, y el aroma de las lilas inundó el aire. 
Pura magia.

martes, 8 de febrero de 2011

Antonio Estrada: Rescoldo

Cuando apareció esta novela en 1961, casi nadie en México reparó en ella, entre otras razones porque trataba un tema tabú en el país: la guerra de los cristeros. Una de las pocas voces independientes fue la de Juan Rulfo, el genial autor de Pedro Páramo, que llegó a decir de ella que "era una de las cinco mejores novelas mexicanas del siglo XX. No sé cuáles serían las otras cuatro para él, quizás la misma Pedro Páramo, con la que Rescoldo tiene algunos contactos. En cualquier caso, poco a poco, cincuenta años después, se está revindicando la epopeya novelada de su protagonista, el coronel Florencio Estrada, y la de su familia.
El libro es obra autobiográfica de un gran escritor poco conocido, Antonio Estrada, hijo del protagonista y testigo de las peripecias en las que participó junto a su padre, siendo él mismo un niño. Para que se entienda mejor toda la intriga, debe conocerse su contexto histórico. En 1926 gran parte del campesinado mexicano e alzó en armas contra las medidas anticlericales del gobierno revolucionario del presidente Calles. A lo largo de tres años los rebeldes combatieron al ejército federal, hasta que la jerarquía católica, alarmada por los excesos de uno y otro bando, negoció un acuerdo con las autoridades. Sin embargo, aunque los cristeros (así se llamaba a los alzados), dejaron el combate, el gobierno alentó en los años siguientes la persecución selectiva de sus líderes, contraviniendo de esta forma los arreglos de paz.
Así las cosas, en 1934 unos cuantos comandantes cristeros, hartos de que se les cazase como a conejos, volvieron a las armas. Este suceso, conocido como la segunda Cristiada, es el marco histórico en el que se desarrollan los acontecimientos de Rescoldo. Florencio Estrada fue uno de esos caudillos históricos que se levantaron por segunda vez y pagaron con la vida su lealtad a Cristo Rey y la "Gualupita", enfrentándose con su decisión a políticos y eclesiásticos.
Con un estilo lacónico y expresivo, el relato presenta la vida cotidiana de una familia numerosa, la de Florencio, abocada a vivir en medio de una sierra agreste y llena de peligros. De un lado, las serpientes, el hambre, las enfermedades; de otro, los disparos de los soldados que persiguen tanto a Florencio y a sus hombres, como a los niños y mujeres indefensos que van con ellos. Florencio no quiere dejar a su mujer y sus hijos pequeños por temor a que los maten si los deja en su casa. Toda la novela exalta hasta lo gigantesco los valores familiares. De entre todos los personajes, sobresale la figura de la madre, Lola Muñoz. En torno a ella giran los niños, los soldados cristeros y, por supuesto, su marido enamorado. Muchas son las escenas conmovedoras vividas con un heroísmo trágico: la primera persecución a balazos de los niños y sus mascotas animales entre riscos y arbustos; el infarto de la madre, al esconderse de sus propios hermanos que también la buscan para matarla por cristera; las despedidas entre besos y sollozos antes de los combates.
Un aviso: el gran obstáculo para la lectura actuald e Rescoldo es el entreveramiento del castellano con el habla indígena y los numerosos localismos que pueblan el texto. Para remediar la comprensión de algunos pasajes, la edición viene acompañada de un utilísimo aparato de notas y un glosario final a cargo de Ángel Arias, autor también una introducción imprescindible.  
Rescoldo es una novela importante, pero exigente. Crea un lenguaje único, a veces dotado de una fuerza poética torrencial, pero hay que entrar en él con ilusión. Estrada no sólo quiso recordar la historia olvidada de unos perdedores ejemplares, sino también conseguir una obra de arte que reclamaba un lenguaje singular, plagado de los términos cercanos al mundo que describía. Quizás la mejor manera de leerlo sea aceptar el valor evocativo de sus palabras. Sólo así se empezará a conocer y a disfrutar de una de las mejores novelas mexicanas, Rulfo dixit.

Antonio Estrada: Rescoldo, ed.de Ángel Arias, Madrid, Encuentro, 2010.

jueves, 20 de enero de 2011

Joseph Roth: Job

El gran escritor centroeuropeo Joseph Roth (1894-1939), judío, de padre austríaco y madre rusa, apátrida y convertido al catolicismo en la madurez, llevó una vida errante que hizo honor a sus orígenes y reflejó en una obra atribulada, propia de tantos intelectuales desorientados ante lo que consideraban el derrumbe de su civilización. Los personajes de Roth, sometidos siempre a una fuga de sí mismos y de los demás, buscan sin cesar unas raíces con las que cimentar un sentido a su vida. La marcha Radetzky, La cripta de los capuchinos, La noche mil uno, etc. son algunos de los títulos en donde plasmó el sentimiento de indefensión ante un mundo en perpetuo cambio. Roth vivió dramáticamente el hundimiento del imperio austrohúngaro, la revolución rusa y la crisis social y económica que condujo a Alemania al nazismo.
A diferencia de otros grandes contemporáneos como Broch, Musil o Kafka, Roth no escribe de forma abstracta ni recurre a la alegoría fantástica para expresar sus inquietudes. El terreno en el que se mueve es quizá menos complejo, pero más próximo al lector común. Con una escritura dotada para el detalle concreto, la habilidad para transmitir situaciones o una trama ingeniosamente trabada, Roth es un escritor ameno que sabe transmitir el pathos necesario a sus libros. A él le interesa por encima de todo contar historias, de las que se deduzca, por la propia fuerza de la narración, un mensaje válido para entender mejor el mundo.
En el caso que nos ocupa, la revisión de un relato de alcance universal, se sigue la historia de una familia judía de Europa oriental que emigra a los Estados Unidos después de sufrir desdichas sin número. La saga del justo sobre el que se abaten toda clase de penurias e infortunios es reciclada en esta historia trágica, en la que el pater familias, Mendel Singer, hombre piadoso y bueno, acaba rebelándose contra su Dios en una escena sobrecogedora. Es un moderno Job, sin duda, pero sus desdichas nunca serán infinitas. En una tierra que no es la suya, en medio de una sociedad norteamericana que no comprende, el protagonista encontrará la paz. Y así, como también sucede en otros libros del autor (recuérdese el maravilloso La leyenda del santo bebedor) un final sorprendente pone de manifiesto la misericordia divina.

Joseph Roth: Job, Barcelona, El acantilado, 2007.